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NARRATIVA (Ficción/NoFicción)

Caída (Cuento)

Por Javier Munguía*

Todo comenzó la tarde en que llegué de improviso a casa, entré a mi cuarto y encontré a mi mujer cogiendo con Antonio, un pendejete subordinado mío. Lo natural hubiera sido que a la sorpresa hubiera sucedido la cólera, y a la cólera –después de haber echado a patadas a Antonio- la resignación: el divorcio es impensable para el hombre de negocios que soy, casado con una mujercita encantadora y aún sin hijos. Por todo ello, mi reacción me sorprendió incluso a mí mismo:

-Se visten, te vas –dije impasible, dirigiéndome a Antonio-, esto no vuelve a repetirse y cuidado con contarlo, ya me conoces: te hundo.

De haber sido otras las circunstancias, me hubiera reído de la desnudez fofa de Antonio, de su abdomen fláccido y abultado, de su pene pequeño y renegrido, de sus piernas flacas. Me había inquietado, sin embargo, al irrumpir al cuarto y encontrarlos, el gesto explícito, intencionado, de mi mujer, no de alarma, como hubiera sido lo más natural, sino de cólera: parecía enfadada de que yo hubiera llegado a interrumpirlos.

Luego de que Antonio se hubo largado, mi mujer fingió la alarma que yo le habría exigido. Quiso excusarse pero la corté en seco: que no fuera pendeja, que más bien se vistiera para la fastidiosa cena de negocios que nos esperaba.

Esa noche, de vuelta de la reunión, exigí a mi mujer que me comiera la verga, los huevos; luego se la metí por el culo, hasta el fondo. Le estruje los pechos, le metí los dedos, la hice dar unos alaridos de loca.

Antes de dormirse, fingió agradecerme mis atenciones con un beso que pretendía ser tierno pero apenas fue discreto, en la frente. Sin embargo, al contemplarla dormir, un rato después, me dije que el gesto de satisfacción que mi mujer me regalaba, si acaso no era fingido, no podría compararse nunca con la cólera legítima de sus ojos al momento de irrumpir yo en el cuarto y encontrarla cogiendo con Antonio.

***

Fue a buscarme al gimnasio dos días después para disculparse. Lo dejé que me siguiera al baño, mientras me juraba que había sido un error, que se había obnubilado, yo debía entenderlo, el estrés, el viaje de sus hijos y su mujer que ya duraba veinte días, todo se le había acumulado, que de veras lo perdonara, que lo olvidáramos. Lo vi abrir grande los ojos cuando, al desnudarme, surgieron mi abdomen de lavadero y mi verga de toro. Lo escuché preguntar, turbado, que si qué decía yo: ¿amigos de nuevo?

Le di una mano a la vez que esbozaba una sonrisa, muy bien, Antonio, de nuevo amigos. Al día siguiente, cuando aún no maquinaba la revancha, me llamó por teléfono. Hablaba para anunciarme el regreso de su mujer y sus hijos, nos invitaba a cenar esa misma noche a su casa.

Acudimos puntuales mi mujer y yo. La mujer de Antonio, guapa de por sí, había regresado mejorada del largo viaje por Europa que había tenido que hacer sola con sus hijos porque el padre tenía negocios urgentes que atender en la oficina, fíjese usted, señor González -siempre me llamaba “señor González”, nunca por mi nombre-, la “devoción” de su marido por el trabajo. ¡Patrañas! No le sorprendería a ella que en su ausencia se hubiera conseguido una amante. Antonio, mi mujer y yo le reímos la broma de manera estruendosa, como ocultando nuestra incomodidad, en un principio, pero después sentí que legítimamente nos reíamos.

Cómo creía ella que Antonio iba a engañarla siendo como era guapísima, le dije, que no se hiciera ideas, señora. Los pechos de la mujer de Antonio, que asomaban por su escote discreto y provocativo, eran mucho más pequeños que los de mi mujer –que luego de una sencilla cirugía había conseguido un par de tetas preciosas y enormes- y también más excitantes, por su caída y curvatura naturales.

Fragüé mi plan esa misma noche: la mejor, la única manera de vengarme de Antonio sería seducir a su bella y discreta mujercita.

***

Le llamé al otro día, por la mañana. La invité a tomar un café. Me dijo que aceptaría encantada, señor González, de tener con quién dejar a los niños. Le dije que entonces por qué no me invitaba a su casa. ¿No me importarían los niños? De ningún modo, señora, al contrario: me encantaban. ¿Sí? Ella hubiera pensando lo contrario, como mi mujer y yo no habíamos tenido ninguno… Fingí no escucharla y acordé con ella, más bien, la hora en que podría pasar por su casa.

Nos vimos un par de horas después. Había dejado a los niños mirando la televisión, ahora yo podría decirle aquello de lo que venía a hablarle, señor González, era sobre su marido, ¿verdad?

La tranquilicé: de ningún modo, señora. Al principio no me creía, que no me preocupara, señor González, podría decirle cualquier cosa con toda tranquilidad -lo dudo, pensé al imaginarme diciéndole que me gustaban sus pechos y que tenía ganas de chuparlos-, sí, ella lo sabía, su marido se había echado una amante en su ausencia, y se puso a llorar. Que se tranquilizara, señora, yo no venía a decirle nada de eso sino a charlar únicamente, de nada en concreto, de cualquier cosa, de sus niños.

Se secó las lágrimas: estaba bien, iba a creerme. Que propusiera un tema de charla. Se me había ocurrido, le dije, que me contara por qué estaba tan enamorada de su marido, porque yo la veía muy enamorada. Se sonrojó y apenas había empezado a decirme que lo había conocido hacía once años, cuando tres enanitos irrumpieron en la cocina exigiendo que se les cambiara la película, la cinta se había averiado.

Los reprendió su mamá: que saludaran al señor González e inmediatamente después volvieran a su cuarto; era mentira que se les hubiera averiado la cinta, ella los conocía demasiado, no iban a engañarla. Los niños protestaron: la cinta se había averiado de veras: ¿por qué el señor González no iba a ayudarlos?

Respondió la madre que de ningún modo; luego intervine: por supuesto que les ayudaba, faltaba más, vamos, niños. Ya volvía, señora. Resultó que los angelitos –los tres habían sacado el tipo de la mamá: cabello castaño, piel blanquísima, sonrosada- habían inventado lo del video averiado. Cuando lo descubrí me pidieron de favor, llevándose el índice a los labios, que no dijera nada, que todo lo que querían era jugar un rato conmigo a los carritos, ¿qué me parecía?

Estuve manejando cochecitos con ellos, echado en el suelo, no sé cuánto tiempo, en paz con mi suerte, hasta que el padre irrumpió en el cuarto y me preguntó, sonriendo, que si qué hacía ahí tirado, González.

Me levanté apresurado: cómo estaba, Antonio. Este sonreía: así que no me gustaban los niños, ¿eh?, así que no toleraría tener uno en la casa. Que me mirara: jugando con tres a los carritos. Un día tendría que contarle la verdadera razón por la cual mi mujer y yo no habíamos tenido hijos. Me despedí de los niños, quienes protestaron; les prometí que volvería a mañana, me despedí de Antonio, y al despedirme de su mujer, turbado como estaba, no recordé que el propósito que me había llevado hasta su casa era seducirla.

***

Volví a casa de Antonio muchas veces los próximos días (este nunca mostró ningún tipo de suspicacia). Trataba de sustraerme al encanto de los niños lo más posible, y cuando lo conseguía charlaba con la madre, procurando me revelara en nuestras charlas quién era ella y evitando a toda costa darle a conocer quién era yo.

Respecto de qué la había hecho enamorarse de Antonio, no conseguí sacarle –ya no contaba a mi favor con la vulnerabilidad de la señora en mi primera visita- sino que la había enamorado su atención, lo cual, pensaba yo, no era mucho más que nada.

Poco a poco fui deslizando una mano encima de su mano, de sus brazos, de sus hombros. Una vez, al ayudarle a bajar una olla de la alacena, me le restregué por detrás y le posé la mano en un pecho como accidentalmente. Al volver el rostro, no tenía la señora el rostro azorado que yo pretendía, sino uno adusto, reprobatorio. Tuve que fingir avergonzarme y decirle que me perdonara, que no había sido mi intención. Me miró la señora como examinándome, por fin sonrió y me dijo que no me preocupara, señor González -por más que hubiéramos intimado, nunca conseguí que me llamara por mi nombre y no “señor González”.

Dejé pasar el incidente como un tropiezo insignificante, continué con mi estrategia de llegar hasta donde ella me dejara, y cuando conseguí que su confianza llegara al grado de recibirme en bata, empecé a mirarla con ojos de deseo, y por fin una mañana le confesé mi amor incondicional, desinteresado. Le mentí que había empezado a sentir algo por ella no antes de mis visitas, no, mis visitas no tenían otra intención más que conocerla, a ella y a los niños, por algo Antonio era mi mejor amigo, sino después, cuando la había ido conociendo y me había dado cuenta de que ella era una mujer única. Que yo no le pedía nada sino que me quisiera, que no se preocupara, su matrimonio con Antonio no peligraría, yo le ofrecía todas las garantías, sería discreto, nadie se enteraría. La señora sonrió sin cólera al conducirme hasta la puerta, al decirme que me fuera y no volviera nunca.

***

Esa misma tarde llegué a mi casa y encontré a Antonio charlando con mi mujer, supuestamente esperándome. Me dio cólera no tanto por haber encontrado de nuevo a Antonio en mi casa, sino por haber fracasado en mi intentona de seducir a su mujer. Le grité puta a mi mujer y a Antonio hijodetuchingadamadre, ahora sí me las iba a pagar, de modo que cogiéndose a mi mujer otra vez, eh, cuando yo le había advertido.

Les gritaba todo eso en la seguridad de que Antonio y mi mujer no se hubieran atrevido a volver a engañarme, de que su terror hacia mí no se los hubiera permitido.

-Pues sí, te engañamos, del mismo modo que tú me engañas a mí con la mujer de Antonio. Anda, dile que estamos al tanto de todo, Toñito.

¿Toñito? Nunca mi mujer había pronunciado mi nombre en diminutivo. Pocas veces, incluso, me llamaba por mi nombre. Para ella, como para el resto del mundo, yo no era sino “González”. Y a este pendejo, piltrafa de hombre, le llamaba, así como así, delante de mí, “Toñito”.

“Toñito” sintió su dignidad herida al ver descubierta ante mí su abyección -de modo que sabía de mis intentonas de seducir a su mujer, de modo que le había dicho a mi mujer que yo le engañaba con la suya, cuando sabía en el fondo que yo nunca conseguiría que lo engañara conmigo-, ante lo que creyó oportuno, en un acto ridículo, reclamarme que lo engañara con su mujer.

Unas cuantas bofetadas bastaron para someterlo. Me pidió perdón, me dijo que él no quería volver e engañarme, me tenía respeto, me quería, había sido más bien mi mujer la que lo había orillado a hacerlo, que le creyera, González, no se repetiría.

Solté la risa y le pegué unas cuantas bofetadas más. Así que con esta basura te acuestas, grité a mi mujer, que ya se precipitaba hacia mí gritándome que lo dejara, que no le pegara a “Toñito”.

Me dio rabia y di a mi mujer unas cuantas bofetadas. Entonces tuve la idea: me saqué la verga y exigí a mi mujer que me la mamara como una señora puta, como la señora puta que era. Mi mujer se resistía en un principio pero la convencí rápido con otro par de bofetadas. Mientras me la mamaba, Antonio intentó escabullirse hacia la puerta. Le grité que se quedara donde estaba.

A punto de eyacular, saqué la verga y le inundé a mi mujer la cara de semen: parecía excitada. Antonio nos miraba con los ojos muy abiertos. Le exigí, a gritos, que desnudara a mi mujer y se la cogiera. Dudó Antonio antes de aproximarse. Había previsto dejar que se acercara y cuando empezara a quitarle la ropa a mi mujer golpearlo, luego obligarlo a presenciar cómo me la cogía.

Antonio me sorprendió aproximándose no a mi mujer, sino a mí, y empezando a mamarme la verga. Mi primera reacción fue de rechazo, pero un rechazo discreto, que casi no era tal, que no me permitió apartar a Antonio. Luego me sorprendí disfrutando de su mamada.

Mi mujer se aproximó, me la mamó un rato mientras Antonio le sacaba la ropa y luego se la mamó a Antonio, delatando sus ojos un placer inconcebible, desmesurado, superior al que habría experimentado al mamármela.

Mi mujer se echó sobre el suelo y encima de ella, Antonio. Yo aproximé la verga al culo de Antonio, tanteando el terreno, y luego se la metí a fondo.

***

Todos los días se presentaba Antonio en casa a partir de entonces. Llegaba regularmente por la tarde, se iba por la noche. En un principio, fui yo quien controlaba la situación: decidía qué hacíamos, cómo, y cuando estaba cansado le exigía a Antonio que se fuera, ya era muy tarde. Poco a poco fueron tomando ellos el mando hasta reducir mi voluntad a piltrafas, a un resquicio pequeñísimo y oscuro que era el placer que me procuraban esas sesiones.

Quiso metérmela Antonio una de aquellas tardes. Lo corrí a golpes de la casa. Los días siguientes no asistió a nuestras reuniones, y mi mujer se mostraba esquiva, se negaba a colaborar conmigo. Tuve que hablarle a Antonio, pedirle que volviera. Tuve que permitir que me la metiera y fingir que gozaba.

Poco a poco ambos fueron volviéndome un autómata, su esclavo. Yo no vivía, como en un principio, para mi placer, sino para procurárselo a Antonio y a mi mujer. Llegó la situación al extremo de que hubo sesiones en las que no me dejaban participar, aduciendo que yo era muy malo en la cama, que estaban cansados de mí, que ya me dejarían volver mañana, otro día.

Antonio empezó a quedarse a dormir en la casa poco después. Primero ocupó el cuarto de las visitas; luego durmió conmigo y mi mujer. Después, ambos me exigieron que me mudara al cuarto de las visitas, y que no viniera a su recámara sino hasta que ellos me lo requirieran.

Me pregunto qué será aquello que me ha llevado a tolerar todas las humillaciones a que me somete la pareja, y no puedo sino responderme: el placer de mi mujer, desmesurado, hiperbólico: el placer que a mí me hubiera gustado darle y que siempre me estuvo vedado.

Una noche, Antonio y mi mujer me anunciaron que ella estaba embarazada. Me puse feliz, radiante, cual si hubiera alguna posibilidad de que yo fuera el padre, hasta que mi mujer me recordó, con una crueldad que me pareció, como su placer, desmesurada, que no pusiera esa cara, que si ya no recordaba que yo no podía tener hijos.

***

Hace poco, Antonio anunció que se mudaba a vivir en la casa. Que había terminado con su mujer, nos dijo. La mía se puso radiante con la noticia.

Cada vez me permiten menos que participe en sus sesiones. Cuando me llaman, regularmente es para que Antonio me la meta mientras yo le mamo el conejo a mi mujer. Otras veces, Antonio se la mete a mi mujer mientras yo se la meto a él. Son esas, escasas ocasiones, las que de algún modo me consuelan, me hacen renegar un poco menos de mi suerte: cuando miro revolverse a mi mujer debajo de Antonio a la vez que a Antonio debajo de mí, me imagino que quien penetra a mi mujer y la hace estallar de amor puro no es Antonio sino yo, quien por fin habría aprendido. Me doy el lujo en esas ocasiones (y a ellos me guardo bien de contárselo: se reirían de mí) de inventarme y creerme la idea desmesurada de que, por un rato al menos, fugazmente, yo no soy yo; de que yo soy Antonio.

(Foto arriba: Toribio de Alejandro Mesa en Flickr.com)

*Javier Munguía. Narrador. Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Ha publicado los libros de cuento Gentario (2006) y Mascarada (2007). Próximamente publicará su tercer libro de cuentos, Modales de mi piel, de donde se ha tomado Caída. Actualmente trabaja en su primera novela. Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora en dos ocasiones. Estudia la Maestría en Literatura Hispanoamericana. Es el feliz papá de Marcelita.

Discussion

One comment for “Caída (Cuento)”

  1. Pues, mira. Ante ese curriculum es difícil dar una opinión, pero creo que el cuento la merece, y el autor que ha permitido publicarlo aquí también lo merece. Tengo para decir que es un muy buen cuento, tiene buen ritmo narrativo, tiene la capacidad de agarrarte, y no pierde el tono en ningún momento, con un final muy bueno, sin hacer grandes esfuerzos para sorprender, lo cual es plausible, porque lo consigue. Además es un buen argumento.

    De malo, diría que la prosa es a veces descuidada, tiene frases que no son muy claras (ej: Me había inquietado, sin embargo, al irrumpir al cuarto y encontrarlos, el gesto explícito, intencionado, de mi mujer).

    Lo cual puede mejorar con otra breve corrección, hay una forma más sencilla de decirlo, sino queda como diría Hemingway: “Inacrochable”.
    También me pareció ver algún error de puntuación, pero no soy experto en eso, y no puedo asegurarlo.

    Pero es un un buen cuento, que puede quedar mejor.

    Posted by Alex | June 27, 2009, 12:09 AM

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