Por William Zapata M.*
Me encanta volver. Volver a viejos espacios, volver a tu infancia, a viejas historias. A una conversación. Volver en rigor a una ciudad ó a un pueblo. Volver a una textura. Volver a una casa ó a un árbol, a un callejón ó a un par de rocas; a una estructura, a un edificio y/o a un bar. Volver a la ansiedad de las 6 de la tarde. A una sensación. Volver. A donde sea, así no tengas un donde o un cuando, sin direcciones a casa; pero volver. Volver a la época, al tiempo, a un clima. Volver a donde todo se hizo jirones. Volver a las cosas que te hicieron irte, enfrentar la muerte en el desierto, y luego volver; traer raíces intoxicantes y ofrecer aguas de cactus inconseguibles. El caparazón de una tortuga, un colmillo de coyote, la camiseta de un inmigrante, indocumentado, muerto por los contrabandistas que lo habían timado.
Volver cuando el dolor ha amainado. Volver cuando, de las historias pasadas, ya no te aturde saber. Volver: qué bella palabra después de la tormenta. A veces tenés que viajar, abandonar la casa y volver a habitarla, para darte cuenta cuánto puede cambiar una persona y darte cuenta también de qué tan equivocado habías estado siempre con respecto a ella.
Quizá, por eso, uno a veces se va. Para curar vainas, equívocos. Vainas que, de habernos quedado, nunca se nos hubieran curado. Por eso recomiendo volver siendo otro. Volver con la mirada fresca. En primavera. Volver siendo un abogado si antes eras una artista. Volver con uno de esos avisos de ANTES/DESPUÉS pegado en la frente. Volver siendo un santo si antes eras un criminal. Volver siendo derechista, ecológico, mundano. Volver y pararse en una esquina de la Avenida Oriental y ver los barrios de las montañas y mirar las fachadas del centro y decir …
Pero, qué pasa si volvés y te encontrás con gente que creías querer? Digo “creías” porque no estás tan seguro después de tantos años. Gente a la que solías ver tanto que te fuiste con una vaga impresión de amistad. Gente a la que la distancia terminó por sacralizar y que, en esencia, sí terminaron siendo mejores personas. Pero, no. No en relación a vos, ni a lo que eran, sino en lo que quieren llegar a ser y que casi son.
Entonces tu volver se convierte en otra cosa: en un atrasar el casette. En un hablarse al espejo y sentarse al diván, mirar al analista a los ojos y decir, mierda.
La relación está viciada. O quizá siempre lo estuvo, y fuiste lo suficientemente estúpido como para nunca reconocerlo. ABC y D ya no pegan, no combinan, no hacen juego y mucho menos funcionan. X, Y y Z son tres letras que estaban más mal puestas de lo que pensabas.
Yo por eso recomiendo volver, y no ver a nadie de entrada, y dejar que pase un tiempo y andar por los callejones y perderse en los centros comerciales.
En resumen, volver a solas. No vaya ser que la presencia de un tercero, alguien entre A y B, entre vos y la ciudad, te arruine la magia.
Volver y apagar el celular y el I-pod y sentir la ciudad como lo que es. Ese paraíso de la infancia, al que sólo el velo de las relaciones supo eclipsar.
Veamos.
Estoy sentado en la plaza de un pueblo típicamente colombiano. Los árboles derraman sus sombras por el suelo adoquinado y los lugareños se pasean de arriba a abajo, con sus mejores ropas, antes de la misa. Atrás, la iglesia, dizque patrimonio nacional. Al frente una placa que dice, EL HOMBRE VIVE PARA HONRAR A DIOS, Y LA MUJER PARA HONRAR AL HOMBRE. Una lluviecita primaveral, de vez en cuando, cae y mancha el gris del concreto. Una brisa de matinée acariciándonos la piel. Me acompañan dos amigas de la vieja data. La una ha vuelto al país a hacer su tesis y la otra a rehacer de nuevo su vida. Ambas provienen de España. De hecho, ahora que lo pienso, me parece bastante extraño que el destino me haya puesto con estas dos personas en una misma mesa, en un viaje de dos días, después de tantos años, después de tanto viajar, después de tanto “perder países” como dice Vila-Matas que dice Pessoa. Montones de años a cuestas y ahora todo lo que tenés sobre esta mesa son dos días. Dos días en la vida, como en la canción de Fito. Dos días suficientes para desvelar todo el horror. Yo, por supuesto, también estoy recién llegado al país, pero vengo de otro escenario. Yo vengo de USA. Otra cosa distinta a Colombia. Otra cosa, en teoría, radicalmente opuesta a Europa. Ya veréis el choque de contrarios.
Qué increíbles y simpáticas son las vueltas que da la vida. Las dos últimas almas a las que vos pensabas volver a encontrarte, porque de hecho ya las habías olvidado y echado fuera del sistema, de la papelera de reciclaje, y de repente, plaf!
O mejor, pop!
Una ventana ha emergido, no en la pantalla de tu computador, sino en el tiempo, como por arte de magia, en un lugar de la pared donde menos esperabas cavar un agujero; en ese lugar del sótano donde nunca hubieras imaginado que pudiera haber vista al mar .
Paso de tono. La casa está llena de cacharros. No hay orden. Al lado del TV hay una pared verde. Verde olivo, como el uniforme de Fidel Castro. También hay una guitarra en su soporte. Tal vez sea lo único que se mantiene en pie en esta casa. El piso luce sin trapear por varios meses. Aquí hubo alguna vez una madre, pero ya no está, se fue, decidió escaparse, cerrar la puerta atrás. Yo estoy sentado en la planta de arriba viendo Death Proof de Tarantino. Abajo se encuentran los dos japoneses electrónicos. Hacen tanta bulla del carajo, que tengo que subir el volumen a la tele. De repente entra ella, Lady, y se sienta a mi lado, en el largo sofá. Viene de abajo, de la cocina, de hablar con los japoneses. Por la ventana entra la luz primaveral de Medellín. Hace calor. Parece que la temporada de lluvias ha dado una tregua. Corro un poco la cortina para que entre algo de viento, pero la luz se refleja en la pantalla del Toshiba y me impide ver las locuras de Tarantino. Cierro de nuevo las cortinas. Ella se arrellana en la blanda espuma del sofá y continúa lo que había suspendido antes de ir por un encendedor y liarse abajo. Tiene una falda de outlet, comprada en el exterior. Falda de diseñador. Veo que corrige algunas líneas de su tesis. Hace anotaciones al margen de esos escritos. Enciende un pucho. Fuma. Raya y subraya. Sabe que la estoy mirando, pero no me va a mirar ella a mí. Le gusta eso. Le gusta que yo la mire mientras ella actúa, aunque a veces se paraliza, se queda quieta como una lagartija bajo el sol. Esta vez no.
Esta vez fuma su cigarro con elegancia, bota una bocanada de humo y la pieza se llena de neblina empujada por un viento. Se toca un poco el pelo. Me da la impresión que a veces se lo corta ella misma. Con una cuchilla Gillet, como esa novia que una vez tuve en Tijuana, en el desierto, cuando quise ser coyote y excombatiente y todo lo que logré fue perderme en calabozos y llamar a casa por dinero.
Luego miro sus pies y luego los míos y luego mis calcetines apoyados en la mesita de centro y veo cómo se los traga la nube, mezcla de Marlboro, marihuana e incienso, y pienso que alguien debe estar persignándose en algún lugar de alguna montaña y que alguien debe estar llegando al país, mientras se para en el roundpoint de San Diego y respira hondo.
- Anoche pude sobrevivir a Medellín. Creo que me estoy rehabilitando – me dice ella, sin levantar la vista de su documento y dando un calada. Vive con sus padres. Le ha tocado volver a su vieja casa de la infancia, después de haber tenido su propio piso en Madrid por diez años y no ha sido fácil, como no ha sido fácil para Luisa volver a convivir con sus hermanas, y como no ha sido fácil para mí volver a sobrevivir a la vieja casa de mi madre.
- Vos ya te estás rehabilitando y yo ni siquiera he terminado de llegar – contesto, sin apartar la vista de Tarantino quien ahora entra en escena por primera vez. Se trata de una escena en un restaurante fronterizo, junto a una de esas típicas divas norteamericanas de sus cintas. Se me hace muy familiar todo aquello. En este diálogo se burlan del estilo sucio de la cultura hippie.
- Volví a la casa con una coca-cola en la cabeza. No es nada fácil lograr eso un viernes a las 10 y media de la noche.
Ah, “volver”. Qué bella palabra. Volver. Volviste. Volvimos. Todo el mundo está volviendo. Más bonito eso que “Todo el mundo está llegando”.
- Todo el mundo está volviendo a Medellín, a Colombia – digo.
- Y quién es todo el mundo para vos?
- No te lo puedo decir.
Pausa. Tarantino vuelve a una de sus típicas persecuciones. Odio las persecuciones.
- Pero, todavía no estoy ahí. No me puedo incluir en ese paquete. Llevo 6 meses acá y todavía no he leído La Hoja ni a Kinetoscopio.
- El que no haya leído La Hoja ni a Kinetoscopio no puede decir que haya vuelto a Medellín – dice Luisa, quien acaba de pasar por el corredor, en dirección al baño.
Risas.
- A mí nunca me han dado ganas de leerlas – dice Lady Mirella.
- Ah, verdad, se me olvidaba, que vos sólo leés El Malpensante.
- Menos. De leerle las maricadas a Fernando Mora prefiero aburrirme.
Más risas.
- Yo de leerle las maricadas a Luis Afanador prefiero morir – digo.
Risas. Risas. Risas.
- A veces me gustaría ganarme una beca del Ministerio para tener una mujer como vos – digo.
- Ese es el concepto que tenés de mí? Gracias por lo que me corresponde. No te falta sino decirme que soy una sinvergüenza.
En ese momento entra Luisa. Viene del baño, todavía se oye la cisterna del baño. Viene con el pelo revolcado y trae puesta la camisa de uno de los japoneses, sin nada debajo. Pienso que los paisas ahora le debemos muchas cosas a la globalización. Ahora nuestra bella raza no tiene que viajar al exterior para acostarse con extranjeros. Ahora los extranjeros están viniendo por borbotones a acostarse con ellas. Mucha cosas han cambiado. Ahora los conductores de autobús y los oficiales de la construcción son jóvenes cultos que escuchan el Canción Animal, mientras viajan de las estaciones del metro a la periferia y las colegialas no entrenan folclor colombiano a la salida de la Biblioteca Pública Piloto, sino Bollywood, y tenemos barras bravas y cantan himnos argentinos con letras adaptadas al color local, como si fueran hinchas del Boca. Wow!
- Sabías que las colegialas colombianas ya no practican cumbia sino Bollywood?
- Bollywood? – dice Luisa, mientras enciende un cigarrillo.
- Bollywood. Ese baile étnico que uno ve en las películas hindúes. Siempre hay contextos de naturaleza y muchos paisajes.
- Hindús – vuelve Luisa.
- Hindúes.
- Bueno sí, hindúes. – Luisa mira a Lady – A él hay que decirle a todo que sí. Acordáte: “sí”, a todo.
- Indianos, como les decía un amigo ecuatoriano en París – dice Lady Mirella.
- Y sabías, Luisa, que los conductores de bus ya no escuchan tangos ni salsa, sino rock? – digo sarcásticamente.
- Serán los de tu barrio. En el mío siguen igual que en los viejos tiempos.
Luisa ha estado todo el tiempo tapándome la pantalla del televisor. Sus piernas morenas las veo casi en contraluz. Casi puedo adivinarle su pubis sin afeitar, pues la camisa del japonés sólo le llega al principio del muslo. Sus senos pequeños sí se adivinan todos, junto a su pezón. Yo trato de ver, atrás de ella, el desenvolvimiento de los sucesos en la trama de Tarantino.
- Sabías que ahora los starving artists no dicen “No jodás!” sino “Wow!” – dice ella. Hace un énfasis especial en la palabra starving.
Me dan ganas de gritar Wow!, pero me controlo. A cambio, me sale un penoso:
- Odio los artistas.
- Los escritores son artistas. Y los cineastas también.
Una vez dicho esto, me da por pensar que las mujeres son capaces hasta de pegarse de una primaria* con tal de no estar solas.
- Ese man no te merece. Es un bobo de buenas…
-No vas a caer en el lugar común, por favor no lo digas, noooooooo… – dice Luisa.
Y entonces, yo lo digo:
- A todo bobo se le aparece la virgen.
- Lo dijiste, lo dijiste.
- No hay bobo de malas.
- Y lo peor es que fui yo quien los puso en bandejita de plata. Y ni siquiera se dignan agradecérmelo. Antes del fin de semana pasado, el pirobo se la pasaba invitándome, que fuera a ver la filmación, que me quedara en una de las cabañas de la película.
- Estás celoso por él, o por mí?
- Si no se hubiera ganado ese premio, a ese man no lo voltean a mirar ni las ratas y vos no le hubieras dado ni la hora. Pero ustedes las mujeres se enamoran siempre del referente. Nunca se enamoran de la persona sino de lo que ésta representa. Nunca se enamoran de Fulanito de Tal sino del que fue novio de Sutanita y que ahora se ha ganado un premio del ministerio.
Ahora es Lady Mirella la que mira a Luisa.
- Todo que sí, acordáte, todo que sí – dice Luisa, soltando una bocanada de humo.
- Luisa, no ves que estamos viendo la televisión, podrías quitarte, por favor? Me estás eclipsando a Tarantino – digo.
- Prefieres que te eclipse a Lady? Puedo sentarme también en medio de los dos.
Yo estoy en un extremo del sofá y Lady Mirella esta en el otro.
- La casa es demasiado grande. Por qué no volvés donde tu japonés? Cómo te dice cuando se va a venir? Sayonaraaaaaa!
- No puedo irme. Tengo que defender al personal de tus masacres.
Lady sigue corrigiendo su tesis.
- Vos querés que te defiendan? – le digo a Lady.
- Juntas somos invencibles – dice ella.
- Yo pensé que todos lo japoneses eran enanos – digo yo.
- Qué bonita es esta época. Hace diez años, cuando me fui, nadie tenía celular por las calles. Hoy todo el mundo tiene uno – dice Lady, mientras marca un número en su Motorola y se pone a hablar con él.
Tarantino ha dejado de importar. Ahora todo lo que queda es Luisa y sus piernas, y Lady Mirella a mi lado. Yo, para disimular, digo:
- En efecto ya no hay que pedirle prestado el teléfono al dueño de la casa, ni tenés que irte afuera a buscar un teléfono público.
Entonces me levanto del sofá y camino hacia una mesa llena de basura. Desempolvo un poco el lugar y atrapo mi morral JanSport, el cual dormitaba bajo el sofá, y luego saco mi portátil y lo pongo sobre la mesa y bajo al primer piso por un vaso de agua y veo a los japoneses haciendo su ruido en un pc y saludo con la mano y ellos me contestan con cierto broken spanish y vuelvo a subir y me siento a la mesa y noto que Lady Mirella sigue hablando por teléfono, y corrigiendo su tesis al mismo tiempo, y Luisa se ha sentado en mi lugar del sofá y se ha enganchado con Tarantino y me pongo a escribir.
Luego de un rato, siento que Luisa y Lady Mirella han dejado de hacer sus cosas. Ha pasado un largo rato, una hora quizá, tal vez dos. Tarantino ha cesado, la música electrónica ha cesado, la casa está en silencio, pero yo sigo escribiendo. Miro de reojo, atrás de mí, hacia donde están las dos mujeres, el tiempo las ha vuelto interesantes. El sol las baña y hace sombras de persiana en sus pieles. Lady Mirella mira por la ventana y Luisa se ha quedado pensativa mirando la pantalla apagada del televisor. No hablan entre sí. Siento que sólo bajo mi presencia son capaces de sostener una conversación, adivino. Soy su único vínculo. Sigo escribiendo, concentrado en la pantalla del Mac y luego de unos minutos noto que ambas se han parado y se han puesto a mirar por encima de mi hombro y tratan de leer mi cuento del día.
Una vez en el parque de aquel pueblo, pedimos cervezas. Luego ron y luego un poco de vino. Nos hacemos compañía, mientras tomamos algunas fotos de turista. Hablamos de Colombia y de Europa y de Estados Unidos. Compramos artesanías y comemos asuntos típicos y yo la miro, y a ella le encanta. Le gusta eso: que yo la mire y ella no mirarme a mí. Por esta tarde, básicamente nos hacemos compañía, de eso es lo único que puedo estar seguro, mientras esperamos al director de la película.
*Dicho popular en Colombia, que significa ser electrocutado por un cable de la luz.
(Foto panoramica_medellin_metrocable. Flickr Mamonto 70 en Flickr)
*William Zapata Montoya. (Medellín, Colombia 1971). Estudió Comunicación Social en la Universidad de Antioquia. Libros: Películas de carretera y otras canciones (novela), El empeliculado (novela) y Jackson Heights undergound (ensayo). Vive en Nueva York.
GENIAL!!!!! como vos!
excelente, bacanisimo, me encantó. Me hacia falta leerte otra vez.
“Volver cuando, de las historias pasadas, ya no te aturde saber” me hablabas?
Mmmmmmmm genial la esencia de sentir cada momento en vida cotidiana mezclar sencasiones con otras…extrañar y desaparecer queriendo volver como otra persona o esperando que los demas cambien…
Wakari masuta…
O-ai dekite ureshii desu.
Shitsurei shimasu, sayounara
Excelente! me mantuvo interesada desde la primera línea hasta el final, inclusive, allí, he quedado expectante … como esperando más!
Buenísimo. Felicitaciones!
En esta revista deberían publicar a Norma Cuéllar.