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CRÓNICA

Dos mil cerebros en el armario

Por Orlando Echeverri Benedetti.

INTERIOR 1 – Apartamento (Suipacha 771 – apartamento G).

Lo primero que ves es la fotografía de un hombre que parece sufrir la maldita resaca más insoportable del mundo. Tiene el pelo blanco e hirsuto y la mirada desorbitada. También su barba es blanca, pero en algunas partes aparecen matices grisáceos y negros. El labio inferior pende como si hubiera perdido el conocimiento. Al lado de la fotografía ves un florero con dos magnolias de tela cuyos pétalos han comenzado a deshilacharse por los bordes. Más allá sólo descubres ropa sucia, paredes desnudas, anaqueles con libros y fotocopias dispersas.

Te parece difícil asimilar que allí vive uno de los más reputados psiquiatras de Argentina.

— Es Brahms, —dice Juan Carlos Goldar —, el de la foto que estás mirando. Antes, en ese portarretratos, estaba la de mi padre, pero mi hermana se llevó la foto.

— ¿A qué se dedicaba su padre? — dices.

— Era comisario de la policía, lo metieron preso en el 57, por aquello de la revolución libertadora — dice, pero pronto se desvía — ¿A vos te gusta la música clásica?

Balbuceas que te gusta Bach y algunas cosas de Rachmaninov. Sin embargo, en el apartamento no ves ningún equipo de sonido, ni siquiera una radio. No hay nada que pudiera sugerir que Goldar tiene donde escuchar música. Después se incorpora del sofá mullido y amarillento en el que está sentado. Arquea la espalda con las manos apoyadas en la cintura y dibuja en la cara un gesto de sufrimiento. Detrás de él hay una ventana, la única de la sala, que ofrece un panorama insufrible: la gigantesca pared de un edificio contiguo, cuya pintura ha comenzado a desconcharse. Es todo lo que puede verse a través de ella.

Llegaste a Goldar tras entrevistar a doce psiquiatras de la AAP. Todos eran especialistas parcos, puntuales y sobrios. Todos tenían suntuosas oficinas en Barrio Norte con opulentas bibliotecas. Todos eran calculadoramente corteses y miraban su reloj de muñeca con regularidad. También viste que contaban con la ayuda de secretarias jóvenes. Uno de ellos incluso tenía a una sensual ayudante con implantes de silicona. ¿Cómo se llamaba ese?, piensas, y luego das con el nombre: Hugo Marietán, especialista en semiología psiquiátrica, depresión y esquizofrenia. Fue Marietán quien te dio la dirección de Goldar. Los demás se referían a él como una eminencia pero al mismo tiempo decían que “no se lo bancaban”. Marietán fue el único que se reservó los juicios despectivos, y se limitó a decir que debía de ser uno de los neurocirujanos más importantes del país, y también uno de los peor tratados por la comunidad científica.

Entretanto, Goldar dice que va al baño. Sufre de una enfermedad en el colon. Camina suavemente y mira la punta de sus zapatos como si avanzara por la cuerda floja. Tiene una negra y abultada verruga en la comisura del labio, ojos de niño colérico y cejas cortas y pobladas. Su voz es dura, pero sólo parece un hombre que con 68 años a cuestas se niega a perder el ímpetu. Ciertos ademanes de él pueden resultar arrogantes. Y sin embargo te parece accesible. Cada vez que Goldar habla, su voz inflama todos los rincones del apartamento. Es como una explosión de resonancias cavernosas. Le gusta joder. Manotear. Maldecir. Parece la clase de tipo con quien vale la pena poner una botella de ron de por medio. Si no sufriera del colon…

Una vez solo, te levantas y vagas por la sala. Luego te inclinas sobre los anaqueles para ver los títulos de los pocos libros que hay. Encuentras uno de su autoría. Se llama Anatomía de la mente. Lo sacas y lees una frase al azar: Las leyes racionales de la voluntad están impregnadas de rancio egoísmo. Después vuelve a aparecer Goldar. Guardas el libro. Goldar tiene un cuchillo en una mano y un lápiz en la otra. Empieza a afilarlo. Las astillas rebanadas salen disparadas en todas las direcciones.

— ¿Sabés para qué sirve la psiquiatría actual? — dice.

Piensas en una posible respuesta. Pero él se adelanta.

— Para maquillar la demencia; para que un loco pueda ir al trabajo y tener una familia y pagar los impuestos y los servicios a tiempo.

— Y la vieja… — dices —, ¿le parece que era mejor?

— La vieja servía para lobotomizar a los pacientes que no querían tomarse la sopa tranquilamente. De todas formas, lo que quiero decir es que la psiquiatría de hoy se basa en los fármacos.

— ¿Por qué ve en eso un problema?

— Porque no todas las irregularidades en el cerebro humano son netamente químicas. Y los fármacos, o mejor dicho, los resultados que dan los fármacos, han desplazado en gran medida el estudio directo sobre el cerebro.

Entonces le muestras un cigarrillo. Lo autoriza. Agrega que también quiere uno. Se lo entregas y luego le acercas el fuego. Las primeras bocanadas expulsan nubes pequeñas y entrecortadas de humo como las que produce un electrodoméstico que de repente se funde.

— ¿Así que usted fue Jefe de Servicios en el Hospital Moyano? — dices.

— Sí, pero antes viví, desde 1964 hasta 1979, en una habitación del Hospital Borda. Fue allí donde hice mis mejores investigaciones.

INTERIOR 2: Apartamento. Quince felices años en medio de la mierda y la demencia.

Cuando Goldar introduce el lápiz afilado en el bolsillo de su camisa la punta perfora la costura. Parece no darle importancia; quizá ni siquiera lo ha notado. Después se dirige a un armario desvencijado junto a la cocina y abre una enorme gaveta. Te hace una seña con la cabeza para que te acerques y entonces ves de qué se trata: adentro hay cientos, tal vez miles de de pequeñas fotografías de cerebros cortados por la mitad, verticalmente.

— Creo que hay unas dos mil fotos — dice y da una calada al cigarrillo—, ya olvidé la cuenta. Muchas son de pacientes que murieron en el Borda. Otras pertenecieron a pacientes que mandaron a traer de hospitales de provincia. Me parece que también hay cuatro o cinco de reptiles.

— ¿Sabe exactamente a quiénes les pertenecían? — preguntas.

— No todas, che — dice —, algunas sí, pero en general sólo tienen escrito el tipo de enfermedad.

Tomas una de las fotografías y la examinas. Está en blanco y negro. Para una mirada inexperta el cerebro retratado allí no sería diferente de cualquier otro. Detrás dice: Lobotomía transorbital; Esquizofrenia. Luego se la muestras a Goldar.

— Debió ser de uno de los pocos pacientes lobotomizados que quedaban en el pabellón del Borda cuando vivía allí — dice y planta el dedo en un lugar de la foto —: aquí puedes ver que el lóbulo frontal está separado.

Entonces vuelve a su sofá. Te cuenta que cuando terminó medicina, en la UBA, Diego Outes, uno de los profesores de la Facultad con quien tuvo una fuerte relación de amistad, le ayudó para que el director del Hospital Borda, Braulio Moyano, le permitiera alojarse en una habitación sin uso que había entre la morgue y el pabellón. Más que una habitación, te dice, era un tabuco con una ventana por la que se filtraba el sol a las cuatro de la tarde. Las paredes estaban pintadas mitad de blanco y mitad de verde. Tenía un catre, una máquina de escribir Underwood, un microscopio monocular Zeiss y varios libros del neurocirujano portugués e inventor de la lobotomía, Antonio Egas Moniz.

— Había noches en que no podía dormir — dice —, porque los pacientes comenzaban a aullar como fieras.

Cuando era así, continúa, debía ir a las habitaciones y calmarlos. Otras veces era más difícil, porque se ponían agresivos o se defendían tirándole a la cara puñados de mierda. En ocasiones presenció los casos más decadentes: enfermos que comían sus propias heces o que se ahorcaban con sus propias manos. De todas formas, no debió intervenir siempre. Los enfermeros se encargaban de ese trabajo. Los quince años en el hospital le permitieron interactuar con los enfermos de una manera única. Sólo así, dice, podía alcanzar la intimidad de los pacientes; descubrir las más pequeñas variaciones en su comportamiento. Vio entrar y salir a cientos. También vio morir a muchos.

Todos los días despertaba en la madrugada y daba una ronda por el patio. A veces salía a tomarse un café en un restaurante que ya no existe. Jugó al truco con los enfermeros y con los pacientes. Algunos médicos lo tildaron de extravagante y de loco. Pero todo psiquiatra, asegura, debe estar un poco desequilibrado. Él mismo admite sufrir una depresión post esquizofrénica, un trastorno muy leve, sin alucinaciones ni delirios. Los psiquiatras con aspavientos de cordura, continúa, son simples farsantes, máscaras de pástico. Su vida social era entonces exigua. Aún ahora puede sospecharse que sigue siendo así. Te dijo que faltó al Congreso Internacional de Psiquiatría, al que fue invitado de honor. Faltó porque le dio la gana. Porque le aburría. Porque no le iban a pagar nada y él no está para dar charlas gratuitas entre estudiantes y especialistas mediocres.

Todo esto te lo refiere con la mayor sinceridad. Y sin embargo, la ausencia de amistades no había sido un problema de consideración cuando estuvo en el Borda. Te dice que sus investigaciones estaban más entre los muertos que entre los vivos. Todas las tardes iba a la morgue y veía las anotaciones forenses junto a las camillas de los muertos: tipo de enfermedad sufrida, edad, causa de la muerte, etc…, entonces les destapaba el cráneo y les arrebataba ese objeto digno de culto, ese fetiche maravilloso: sus cerebros anormales y fascinantes, con secretos increíblemente bien guardados.

Luego los colocaba sobre una mesa y los cortaba por la mitad para poderlos comparar con la anatomía de un cerebro de características “normales”. Luego los fotografiaba. Descubrió sutilezas que le valieron renombre internacional, entre ellos, que la corteza temporal basolateropolar y el lóbulo fusiforme están ampliamente vinculados al proceso esquizofrénico. En 1975 escribió un libro titulado Cerebro Límbico y Psiquiatría, donde mostró la disminución volumétrica del lóbulo en cuestión.

También aprendió mucho filmando a sus pacientes. Cuando veía en ellos actitudes que pudieran ofrecerle material de estudio llevaba su cámara y luego de grabarlos reveía el video en un salón donde almorzaban los médicos.

— ¿Sabés una actitud típica del paciente con esquizofrenia? — te pregunta.

— ¿Alucinaciones auditivas, delirios? — intentas.

— No, algo más…, social — dice —. Cuando vos le hacés un favor a una persona que sufre esquizofrenia, la respuesta siempre es brutalmente exagerada. Por ejemplo, si vos le prestás plata a alguien que padece esta enfermedad, bien podría arrodillarse ante ti y agradecerte besando tus manos y llamándote Dios.

— ¿Y si es ateo? — dices.

— Si es ateo tal vez no está enfermo — contra ataca, con una sonrisa de medio lado.

Da la última calada a su cigarrillo y después lo arroja por la ventana. Entonces continúa.

— También hay otra que se solía presentar mucho en el Borda: la incapacidad de reaccionar ante los olores pestilentes. Para determinar este caso usábamos piridina.

— ¿Cómo funcionaba el test? — preguntas.

— Bueno, la piridina es una sustancia que tiene un olor repugnante. Lo que se hacía era ponerle en la nariz a un paciente un hisopo con piridina. Entonces los resultados eran a veces llamativos, porque el paciente sabía que aquel olor era inmundo, pero no mostraba señales de repulsión.

— ¿Más o menos con qué podría compararse su olor?

— Se parece bastante al del pescado en descomposición — dice y se queda en silencio un largo rato, luego reaparece su voz —: Acabo de acordarme del caso de Gustavo Guastarfierro. También grabé algunos videos que he perdido.

Guastafierro, te dice, era un chico de unos 28 años, alto, atractivo, con destellos de una inteligencia aguda. Sufría de esquizofrenia y tenía sinestesia. En una ocasión Goldar le había llevado una radio de transistores. Sintonizó una emisora al azar. Sonaba un tango. Le preguntó de qué color era la música que estaba escuchando.

— Me dijo que todo era azul y rojo — dice —. Esos dos colores son opuestos, y recuerdo que en la canción había una especie de contrapunteo, así que su observación no carecía de cierta lógica. Lo curioso fue que después cambió de emisora y escuchó a un locutor. Me dijo que la voz de ese hombre era de un amarillo muy intenso. Parecía encantarle. Recuerdo que en su boca se abrió una enorme sonrisa. Era como si se bañara de luz, como si estuviera fascinado.

— ¿Tiene la fotografía de su cerebro?

— No — dice —, era apenas un chico y después de un tiempo salió del hospital. Además su caso no es que fuera muy jodido.

EXTERIOR: El corredor de las putas bellas – Café – Amor a cuatro cuadras de distancia y dientes en el arroz.

Sales con él de su departamento, te topas con una mujer rubia, de baja estatura. Tiene un pantalón ajustado que le acentúa un culo monumental. Tiene ojos rasgados y claros, tal vez verdes. No lo recuerdas. La acompaña un hombre de rasgos aindiados. Todos van hacia el ascensor. Esperan. Enmudecen. Se miran entre sí. Murmullan. Luego la mujer estalla: já, no me jodás, no me jodás la puta vida. El hombre le dice que se calle, que no es para tanto. No sabes de qué hablan. La mujer te mira. Luego mira a Goldar. Cuando el ascensor llega, la mujer y el hombre deciden ceder el turno. Le incomodamos, o eso parecen dar a entender. Además los ascensores del edificio son diminutos. Huelen a periódico mojado.

— Es una de las putas que vive en frente — dice Goldar.

— ¿Puta de oficio? — preguntas.

— Si, puta de oficio — te responde y se mira en el espejo —, ese apartamento que está frente del mío es un prostíbulo.

— ¿Le han causado problemas? — dices.

— No, para nada, nunca me han molestado. Además casi todas son muy bonitas y le dan vida al corredor.

— ¿Alguna vez…?

— No, nunca — se adelanta. Las puertas plateadas del ascensor se abren —: Estoy casado y además estoy viejo.

En la puerta de la portería hay una mujer con volantes en la mano. Le pides uno. Ves dos cosas: una morocha que sonríe ofreciéndote las tetas y la dirección del lugar donde estás parado. Prostitución y psiquiatría a un pasillo de distancia, piensas. Goldar te dirige hacia un café en la esquina de la cuadra. El mozo lo saluda. Le pregunta cómo está. Goldar dice que bien, que todo marcha como debe ser. Que le dé lo mismo de siempre. Tú imitas su orden: café cortado y galletas dulces.

— Mi esposa y yo vivimos en diferentes departamentos — dice —. Se llama Claudia. El apellido me lo reservo.

— ¿Viven separados o están divorciados?

— Sólo vivimos separados, para no enloquecer— dice.

— ¿También es médica?

— También es psiquiatra. Todavía está activa — dice.

— ¿Dónde la conoció? — dices.

— En el hospital Moyano, hace muchos años.

El café y las galletas llegan. Goldar eligie un lugar junto a la ventana. Afuera el día, el microcentro y el aire son grises e insípidos. Goldar echa dos sobres de azúcar en su taza. Lo revuelve. Te mira. Mira a través del vidrio. Luego te dice que no tiene muy buenos recuerdos del Moyano. Los militares lo habían sacado del Borda y mandado a trabajar en el pabellón de retrasados mentales del Moyano. Fue testigo de cómo muchos de sus colegas los usaban para probar medicamentos. Era un negocio, te dice, un negocio brutal y despiadado. Se fue enfermando allí, pudriendo por dentro.

— Fue allí donde comencé a tener más problemas con los otros especialistas — dice —, tal vez me hice odiar. No sé qué te habrán dicho de mí quienes entrevistaste antes.

— Dijeron que usted era un científico importante del país, pero que no toleraban su conducta.

— ¡Bah! ¡Qué estupidez!

— ¿Todavía se experimentan drogas no avaladas por las autoridades en los hospitales psiquiátricos?

Goldar te mira por encima del arco de sus gafas.

— Che, apenas me terminé el café tengo que irme. Antes voy a contarte algo.

Bebes un sorbo de café. Lo miras fijamente. Goldar te dice que cuando trabajaba en el hospital Moyano, se dio cuenta de que había una paciente con Síndrome de Down que había comenzado a perder los dientes. Se le quedaban pegados al pan que mordía, los dejaba a veces en el plato de la comida, entre las arvejas o el arroz. Comenzó a impacientarse. Más tarde sabría que uno de sus “colegas” había comenzado a probar en él una droga.

— ¿Qué hizo? — preguntas.

— Hablé con el director.

— ¿Y qué pasó después?

— Mi colega le enseñó a la paciente a votar los dientes por el inodoro, le dijo que cada vez que lo hiciera le avisara. Por cada diente le regalaba revistas viejas.

Entonces bebe un sorbo de café.

— Pero eso fue hace mucho tiempo — dice—, ahora las cosas son diferentes. O eso espero.

Orlando Echeverri Benedetti. (Cartagena,Colombia,1980) Autor de la novela Los Perros de la Lluvia y del libro de cuentos El Escape Vertical, este último finalista en el concurso de cuento Ciudad Bogotá 2009. Trabajó en el periódico colombiano El Universal. Es egresado de la facultad de Filosofía de la Universidad de Cartagena y estudia una maestría en periodismo dictado por el diario La Nación y la Universidad Torcuato Di Tella. Actualmente vive en la Capital Federal de Buenos Aires, donde escribe su próxima novela. Fue antologado en el libro Señales de ruta (Cuento colombiano. Arango Editores).

Discussion

6 comments for “Dos mil cerebros en el armario”

  1. Hombre, Orlando, qué buen cuento. Me gusta, entre otras cosas, que el narrador dice justo lo que tiene que decirse, sin excederse. Además que la construción de la atmósfera y sobria pero suficiente.

    Posted by Andrés Mauricio Muñoz | October 9, 2009, 9:59 PM
  2. No es cuento. Es crónica.

    Posted by admin | October 9, 2009, 10:15 PM
  3. Interesante. Para mí este texto funciona muy bien como cuento, así la intención sea la de una crónica.

    Posted by Andrés Mauricio Muñoz | October 9, 2009, 10:22 PM
  4. ORLANDO, HAS ESTADO CON LO MAS GRANDE DE LA PSIQUIATRIA DE LATINOAMERICA, Y CON UNA EXCELENTE PERSONA, AUNQUE NO TENGO EL AGRADO DE CONOCERLO PERSONALMENTE. TRABAJO JUNTO A SU ESPOSA, A QUIEN TAMBIEN ADMIRO.
    OJALA TODOS SUPIERAN Y VALORACEN A ESTOS DOS GRANDES.
    DESDE MI MÁS PROFUNDO RECONOCIMIENTO AL DR Y A LA DRA.
    FELICITACIONES POR HABER ESTADO JUNTO AL DOCTOR.

    Posted by gabriela | October 29, 2009, 8:54 PM
  5. Goldar, mi gran maestro.
    Me encanta tu crónica porque ES Goldar puro y duro.
    Siempre dice que es un esquizofrénico minor…
    De sus clases salía con la cabeza dada vuelta, como si me hubiera fumado…
    De las interconsultas, salíamos flotando.
    En esa dimensión, es un ser único e irrepetible.
    Te diría que descartes a los que pudieran hablar mal de él. ¿Que es soberbio? Y, sí. Y eso no tiene la menor importancia. A pesar de todo, es generoso.
    Ser generoso intelectual es una cualidad difícil de encontrar.
    Gracias por tu crónica.

    Susa Mouzo Andrea

    Posted by Susa | November 1, 2009, 3:03 PM
  6. Goldar es sin duda uno de los mejores psiquiátras de latinoamérica y siempre intuí que debía ser un personaje fascinante.Yo leí ese libro que se menciona en el texto. Su crónica me parece bellísima. ¡Cómo me gustaría poder tomar un café con el doctor Goldar!

    Posted by Camila Ramírez | November 3, 2009, 7:12 PM

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