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LA MOVIDA ACTUAL

Noches vacías (Cuento)


Para Tadeo Aguilar

Por Elena Méndez

www.letaniadelajovensuicida.blogspot.com

Ella dice que no. Que ya tiene novio. ¿Entonces…? Entonces seguirás siendo mi amigo, murmura mientras te besa en la comisura de los labios, antes de marcharse y dejarte solo, ahí, en el comedor de la empresa, rodeado de aquella luz tan fría.
Pero si yo no soy rengo ni cacarizo y mucho menos cristiano, fanático de mierda, como…
Quieres llorar, pero en media hora tienes una junta con los consultores.
Pinche vieja calientahuevos, ¿para qué me hizo acompañarla al culto durante un mes? Quizá se ofendió porque no quería hablar con el pastor. Una cosa era que hablara con sus padres, ¿pero con ese cabrón que nomás tiene a la gente enajenada?
Entras al baño a fumarte un cigarro. A ver si me tranquilizo, ni modo que me vean con esta jeta, necesito entregar el informe.
Señor Aguilar, ¿le pasa algo? lo veo muy pálido. No dormí bien, estaba ultimando algunos detalles, despreocúpese.
Para tu sorpresa, actúas con bastante aplomo y hasta te felicitan: superaste las expectativas del cliente.
Pasas por la recepción y la observas entretenida, respondiéndole al fulanito por el messenger.
Sales de la oficina furioso. Te quitas la corbata, la enrollas y la guardas en un bolsillo del pantalón.
No quiero llegar a la casa, para qué, ¿para encontrarme la cama destendida y los platos sucios?
Deambulas en tu coche sin importarte nada.
Un joven te entrega algo en la mano, a través de la ventana semiabierta. Agradeces sin ver qué es. Te esperas al siguiente semáforo. Un pase de teibol. Queda cerca de ahí. Total, es viernes. Decides utilizar tu obsequio, mientras imaginas al esperpento abrazado a la cintura que jamás será tuya. Él sí podrá morder esas tetas riquísimas, penetrarla insaciablemente.
El teibol es bastante modesto: una casa antigua cuyo patio central está cubierto con una palapa. Ventiladores enormes a los costados.
Eres de los primeros parroquianos. Debes soportar esa música sinaloense que tanto detestas: Tigres del Norte, El Recodo. Al menos son mejores que los Temerarios, suspiras, resignado.
Se acerca un mesero feminoide a ofrecerte bebidas. Una Indio, pides. Bebes un trago.
Por ella te hubieras hecho cristiano. Qué ironía. Si ni a tu madre acompañas a misa. Pero ni modo, desde que te volviste ateo con Rius a los 14 y empezaste a fumar para liberarte, tu mojigatería chingó a su madre.
Aunque quizá habría que culpar a Xaviera Hollander, claro. Cómo olvidar sus relatos sobre amas de casa que se prostituían por gusto, incluso con lesbianas; clientes masoquistas, fetichistas, salvajes sesiones de sexo anal.
Pides una cerveza tras otra. Van cinco, cuando anuncian la variedad. Una morena baila canciones de Britney Spears ante un público apático: albañiles, choferes, repartidores.
Tú no sabes bailar, pero esa chica supera tu falta de gracia. Sólo aplaude un viejo pelón. La chica termina su número, recoge del suelo su vestido de látex.
Viene otra vez el mesero feminoide, esta vez para ofrecerte una dama. Damisela, debió decir. No es la que acaba de bailar. Es otra, una nueva, apenas llegó la semana pasada, dice para entusiasmarte. Accedes.
Dice llamarse Rubí. Se sienta en tus piernas, ataviada con un bikini violeta de corte francés. ¿Deseas beber algo? Tequila, responde con cierta timidez, acaso ensayada. Sonríe, llevando tu mano hacia el muslo. Ya estás ebrio, así que merodeas por su ingle.
Notas sus pezones erectos, sus poros estremecidos.
Te cuenta que su familia piensa que trabaja como empleada doméstica acá en la ciudad.
Sus padres cuidan a los dos pequeños que tuvo con su exmarido, Un cocainómano despreciable, no sabes, llegó a pegarme, a drogarse delante de los niños, lo mandé a la chingada, pero ni estudios tenía, encontré esto, me dijeron que todavía estaba mamacita y que ganaría mejor que en un supermercado, y es cierto.
Comienza a besarte el cuello mientras susurra que la lleves al privado.
Se trepa en tu regazo, acaricia tu perfil con el índice, al compás de Madonna.
Se muerde los labios, despojándose del sostén. Humedece sus yemas para luego pasearlas por sus senos, pequeños pero antojables. Roza tu cara con el trasero. Se frota el sexo, juguetona.
Acaba el privado, Maldición, y tú con el miembro abultado dentro de tu ropa. ¿Otro bailecito? Mejor regresemos a la mesa, ¿sí?
Se sienta a un lado tuyo, abre el cierre disimuladamente, empieza a chaquetearte, recuerdas tu prolongada abstinencia, sientes sus besos en el cuello, cómo se deleita aspirando tu olor a Carlo Corinto, fluye tu líquido preseminal, lame sus yemas, restriega sus senos en tu pecho. Percibes su ansiedad y eso merma tu libido. ¿Por qué haces esto? Ya ni siquiera me fichas. Es que tú eres diferente, tú me gustas. Además, eres el único que huele bonito. Volteas hacia atrás. Un tipo con aspecto de gondolero se recuesta en la mesa, ahogado en su propia peste.
Ven por mí a las 5, a esa hora salgo. Para ti es gratis.
Sales hastiado. Pobre chava, cómo se le ocurre ilusionarse conmigo.
Regresas a tu casa, a tu cama destendida, a tus noches vacías.

(Imagen de hiddencage en flickr.com)

Discussion

One comment for “Noches vacías (Cuento)”

  1. Me ha gustado esta historia, es buena, en mucho me identifico con ella. Soy aficionado consagrado a la literatura y me encontré este blog en blogscolombia. Mi blog es este: historialdeunonanista.blogspot.com hablo sobre experiencias que me han pasado con mesalinas. Este cuento me gustó. Saludos.

    Posted by Anonimo | December 7, 2009, 9:26 PM

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