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NARRATIVA (Ficción/NoFicción)

El calor del amor en un bar

Por Eduardo Tovar Murcia

─¿Usted qué tanto entiende de mujeres?

─Hueco es hueco ─sentenció el taxista.

Un sabio, en el fondo, esa es la idea.

Sin remedio. Antonio Caballero.

I

—Calor de mierda —murmura Antonio mientras camina por la soleada acera del centro de la ciudad. Recorre las calles inundadas de gente, las manos entre los bolsillos, la cabeza humillada al sol, sintiendo bajar la humedad por su espalda hasta llegar a sus piernas, mientras evoca los tristes acontecimientos que lo alejaron de la mujer con la que pensó compartiría el resto de sus días.

Apresura sus pasos evitando chocar con los hombres que se dirigen hacia él. Todos caminan presurosos, jadeantes, buscando resguardarse de los rayos que laceran la carne. No obstante, la verticalidad del sol se posa sobre los cabellos, tostando las neuronas, anulando la capacidad de pensar. Tal vez por esto Antonio, tratando de buscar solución a su problema, no encuentra la forma de enmendar su culpa, “¿su culpa?”… se cuestiona.

Las rosas ya no convencen a nadie, los mariachis le parecen ridículos, los regalos… los regalos…, no. Ha dado todos los regalos. Ninguna solución le parece adecuada, sólo resta esperar, nada más que esperar.

Luego de pensar durante largo tiempo decide ir al estanco de Lopera a dejar pasar el mediodía, a tomar unos pocos tragos, “como para el calor”, se dice.

—¿Lo mismo de siempre? —pregunta el tabernero a modo de saludo, sin dejar de limpiar el mostrador—, ¿o va a tomar otra cosa?

—Lo de siempre —responde Antonio arrastrando las palabras.

El lugar está sumido en un claroscuro intolerable. Apenas si se percibe el hollín de las paredes y las mesas; más allá de la penumbra se alcanza a ver el cuarto de baños y algo que parece ser un espejo encima de un lavabo. Debido a la ausencia de luz Antonio se ve forzado a observar con ojos de sospecha para acostumbrarse a la oscuridad. Suena en el ambiente una ranchera de Javier Solís, muy apropiada para el momento. La temperatura en el estanco no es muy diferente al del resto de la ciudad: el calor del medio día se siente igual que el de las ocho, o el de las diez de la noche.

De uno en uno, a medida que trascurre la tarde, van acercándose los mismos de siempre: el “cojo” Lucas: pensionado que puede darse el lujo de beber todos los días sin la preocupación de los jóvenes asalariados, quienes no están en condición de gastar más de lo necesario por temor a quedar sin los gastos del mes. El “cojo”, como siempre, se sienta solo en la esquina mientras llegan las niñas, que de niñas poco o nada tienen ya que la mayoría supera los cuarenta y tantos. Luego de éste llega Joselo, pensionado desde su más temprana edad, quien vive con su madre aun cuando permanece más donde Lopera que en su casa. Éste observa a Antonio, se acerca y le dice:

—¿Qué más, Toño?

—Aburrido de toda esta mierda.

—Sí, todo es una mierda.

El tabernero se aproxima con su tela al hombro y atiende a Joselo, que con un gesto propio de un prestidigitador le pide una media de aguardiente. El mesonero asiente con la cabeza, la pone en la barra y luego sirve dos copas. Toman el trago de un sorbo.

—Me fui ayer de la casa —dice Joselo—, mi mamá me tiene cansado con lo del trabajo; yo le he dicho que todo está muy duro, que conseguir algo en estos días no es fácil, y a ella lo único que le preocupa es el qué dirán los vecinos; los malditos vecinos, como si ellos nos dieran de comer.

—Qué mierda, su mamá ya debería estar acostumbrada luego de tantos años soportándolo. Como si ya no se hubiera resignado.

—Sí.

Luego de unos segundos los dos ríen convulsivamente. Joselo sirve dos nuevos tragos y, luego del estrépito de las copas, apresuran el líquido hasta el fondo.

—No aguanto más este maldito calor. Me gustaría estar en una tina de hielo en compañía de Marielita —dice Antonio, abanicándose con la palma de la mano.

—¿Y por qué no lo hace, idiota?

—Porque ella está insoportable.

—¿Por qué?

—Se le metió en la cabeza que tengo otra.

—¿Otra vez?

—Sí.

Apresuran sus tragos, servidos por Lopera mientras los dos hablaban. Ahora están pasmados, absortos, como esperando que lleguen las ideas para continuar la conversación. Miran para todos lados. El aguardiente empieza a hacer efecto en ellos. La media de aguardiente ya está en su último suspiro. Con un nuevo gesto ininteligible piden otra más. El mesonero repite la operación, ellos vuelven a lo mismo.

—Las mujeres son unas imbéciles, nunca se enteran cuando uno las engaña realmente —dice Joselo, torciendo el gesto de la boca, como un reproche.

—Sí, es cierto. Luego de dos años Mariela aún se siente intimidada con cada mujer que conozco.

—Debería darle motivos reales para que sepa de una buena vez lo que es una cachoniada.

—Sí, debería.

—Si usted quiere, yo podría…

—…¿Qué?

—Ya sabe —le dice con gesto lascivo— ir donde las niñas. Mira alrededor del lugar, su mirada se detiene en las dos mujeres sentadas junto al Cojo, las observa con asco. Añade─: No como esa.

—Este…, no sé —Antonio lo piensa, aunque no mucho, luego vuelve y dice—: bueno, está bien, de una.

—Vamos.

II

—¿En qué puedo ayudarlos? —pregunta una rubia con los pechos a punto de salirse por el escote de la blusa. Los hombres dirigen la mirada a esas grandes tetas. El más experimentado responde:

—Es para lo de las niñas.

—Claro —responde la mujer alargándoles un enorme libro, semejante a un álbum fotográfico. En éste se observan toda suerte de mujeres, desde blancas como la nieve, con cabellos lisos y rubios, hasta morenas esculturales con el cabello cobrizo. Los dos hombres observan detenidamente el catálogo, pasando con lentitud las páginas. Todas son hermosas, o al menos así se les antoja por el efecto estimulante del alcohol. “¿Hay alguna que sea del agrado de los señores?”, interrumpe la mujer, sacándolos de su abstracción.

—Sí —responde Joselo, —me parece bien esta monita, ¿y para usted cuál, Toño?

Antonio piensa, se cuestiona si es adecuado lo que va a hacer. No está convencido de su decisión, sin embargo “sabe” que lo va hacer, de eso no hay duda.

—Toñoooo.

—Pues ninguna me gusta —responde Antonio—, pero…

—¿Cuál, Toño, cuál?

—¿Qué tal… ésta? —señala Joselo con el dedo.

—Ésa está bien —tercia contrariada la mujer.

En la fotografía se advierte a una joven de pose sugestiva. Su rostro es carnoso, sus pómulos salientes, el escote se iguala al de la recepcionista, a punto de estallar. La mujer del escritorio toma el teléfono y dice unas palabras. Luego descuelga el tubo. Les indica una puerta que se vislumbra al fondo del pasillo. Siguen.

Al otro lado parece otra casa, o al menos una más estrambótica, por decirlo de alguna manera. La decoración es distinta. Es un lugar con más luz. Muchas mujeres, todas a medio vestir. Bailan en las mesas al son de un house de los ochenta, mientras los hombres con las quijadas abajo miran a las exóticas moverse. Un hombre fornido los conduce a la mesa donde están dos mujeres, al parecer las de las fotos. Joselo y Antonio se miran por un instante y se sientan junto a ellas. Le piden una botella de aguardiente al hombre.

Las mujeres los escrutan con la mirada, una mirada odiosa, casi de repugnancia, como sólo saben mirar las putas. Joselo, al sentirse presionado con esos ojos rojos, toma ventaja de la situación, extiende una mano raquítica, como quien no quiere la cosa, y la saca de allí. Antonio queda con la mujer de pose sugestiva. Ella toma la iniciativa y empieza a tocarlo. Él es complaciente con sus caricias. Ella le pregunta si ya. Él le dice que sí. Los dos salen por la misma puerta que salió su amigo hace un instante y suben por una escalera que llega hasta un cuarto.

En el cuarto la mujer lo tumba sobre la cama y se quita la ropa de forma mecánica hasta quedar completamente desnuda. Él, en cambio, duda por un instante. Finalmente se desnuda, piensa por un momento en su novia. La mujer continúa besando su cuerpo, recorriendo con la lengua su pecho, bajando hasta su pene. Comienza el movimiento de su cabeza como un machín de petróleo, desde arriba, hasta abajo, arriba, abajo, arriba, abajo. Esos movimientos verticales lo llevan a la excitación máxima. Él la separa de un empellón. A ella le gusta, no lo ve como una ofensa sino como un juego. La mujer saca de la mesa de noche un condón, lo pone sobre el glande y lo recubre todo, luego se tiende sobre la cama y abre sus piernas. Él la penetra, siente su carne contrecha sobre su carne erguida. Una vez más el movimiento se repite, pero esta vez es de adentro para afuera, adentro, afuera, adentro, afuera.

Algo va cambiando a medida que posee a esa desconocida. Siente las mismas caricias de Mariela, sus mismos besos resbalando sobre su piel, sus mismos jadeos. Aun así sabe que no es Mariela, es una prostituta con mirada de odio. Su sentimiento no se justifica, su conciencia no acaba de entender a plenitud por qué esas sensaciones tan suyas, tan de Mariela, conocidas bajo las habituales horas del amor se desfiguran de un momento a otro, “casi una suerte de transformación del sentimiento”, piensa.

III

En la recepción, pregunta por Joselo. La mujer de los senos desproporcionados le dice que hace una hora pagó los dos servicios y salió con Magda. ─Ahora que lo piensa, no recuerda haberle preguntado en ningún momento el nombre a la mujer─. Le entregan la botella de aguardiente sin empezar y sale del lugar.

La noche se siente fresca, aún viva, casi un resoplo del tiempo que para fortuna de Antonio pronto morirá. Por fin el clima es complaciente, el calor ha cambiado por una brisa fría que le entra por todo el cuerpo. A su alrededor no hay nada ni nadie, sólo el resuello de la noche en la ciudad. Un taxi se anuncia con su suspiro hidráulico. Antonio lo detiene. Sube al vehículo.

—¿Adónde lo llevo? —pregunta el taxista.

Antonio lo piensa. No tiene a dónde ir. Se siente solo, desahuciado. Finalmente le dice al hombre:

—¿Sabe dónde queda el estanco de Lopera, el que está en el Centro?

—Sí, claro, cómo no conocerlo.

—Lléveme allá.

El taxista es un hombre con muchos años encima. A pesar de estar de espaldas se distingue en él una barba grisácea. Sus ojos están recubiertos por grandes gafas de académico jubilado, las cuales lo miran por el retrovisor.

—¿Problemas de faldas, amigo? —pregunta el taxista, soñoliento.

Antonio lo mira directo en los ojos, su mirada es afable, bondadosa. Tal vez por esto, o por la necesidad de hablar con alguien, responde:

—Tiene razón amigo, como siempre, problemas con las mujeres —luego de permanecer un rato, sin decir nada, vuelve y agrega, como para romper el silencio—: espero no se me noté demasiado.

—La verdad sí —dice el hombre—. A esta hora los únicos que permanecen en las calles son los borrachos de oficio y los desenamorados, y usted no tiene cara de lo primero. El problema con los enamorados es que se enamoran perdidamente, ¿sabe?; y la verdad, el amor no tiene razón de ser.

—¿Por qué lo dice? —responde Antonio, intrigado.

—Mire usted —dice el taxista, desacelerando, como para darle tiempo a su discurso—, cada noche yo transporto a hombres y mujeres atormentados por un desamor, todos ellos huérfanos de un querer que los ha olvidado; sin embargo, ellos no se dan cuenta que el cariño que sienten por alguien es tan deleznable como la conciencia misma, esa conciencia que los traiciona sin que ellos se den cuenta, porque la verdad, para decirlo burdamente, mi querido amigo: hueco es hueco.

Sin esperarlo Antonio encuentra resumida en esas palabras la respuesta que tanto había buscado durante toda la noche.

Al final, le dice al taxista:

—Sí hombre, tiene razón, hueco es hueco… yo sé por qué se lo digo.

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