Al diablo la maldita primavera
Alonso Sánchez Baute
Punto de Lectura, 2009.
Por Javier Munguía
No existe un subgénero narrativo llamado “novela heterosexual”. Sentir atracción por personas del sexo opuesto no parece constituir un conflicto para la literatura. En cambio, cuando al protagonista de una novela le atraen ejemplares de su mismo sexo, automáticamente se nos viene a la cabeza el rótulo “novela gay”, “novela homosexual”. En ese mismo saco taxonómico caben novelas tan disímiles como El lugar sin límites de José Donoso, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, Una mala noche la tiene cualquiera de Eduardo Mendicutti y La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, entre otras.
Supongo que llegará el momento en que nuestras sociedades evolucionen de tal modo que los personajes de novelas podrán ser homosexuales sin que ello constituya un conflicto en sí, del mismo modo que ser heterosexual no sorprende ni escandaliza a nadie. Mientras tanto, se siguen escribiendo novelas para reivindicar la condición homosexual y para sensibilizar a los lectores sobre los problemas que implica adoptar ante los otros dicha preferencia sexual. Se hace necesario, en este contexto, tener claro que reivindicar a los homosexuales no es un mérito literario, sino apenas un tema más entre un amplio abanico. Las novelas citadas arriba son valiosas no por presentar las vicisitudes de los gays, sino por hacerlo con profundidad, por la tensión de que hacen gala, por su atractiva estructura y por una configuración de sus personajes que vuelve a éstos fascinantes independientemente de su orientación sexual, ya que rozan ese sustrato común a jóvenes y viejos, blancos y negros, hombres y mujeres, heterosexuales o gays.
Al diablo la maldita primavera de Alonso Sánchez Baute, la novela que ahora me ocupa, cuenta con un narrador-protagonista homosexual que defiende con su discurso su condición. El libro tiene el formato de un diario en el que Edwin Rodríguez Buelvas nos relata, de viva voz y con mucho humor, sus anhelos más profundos, sus miedos, su búsqueda del siempre deseado y nunca alcanzado amor, y cómo se las ha arreglado para subsistir en un país que no acepta a los hombres que gustan de los hombres. Esta estructura resulta afortunada en cuanto a que es muy flexible: el narrador parece ir escribiendo sus anécdotas conforme las va recordando, no en orden cronológico. Sin embargo, también entraña el riesgo de perder al lector en el camino al no tener su base en un conflicto claro que dé unidad al libro.
Por supuesto que Edwin enfrenta el conflicto de no ser aceptado por quienes lo rodean a causa de su homosexualidad. Pero este conflicto vital no lo es a nivel estructural, ya que no desencadena interrogantes, no crea expectativas en el lector, no genera tensión. Digamos que el narrador lo tiene resuelto al haberse hecho fuerte, a raíz de los golpes recibidos, para enfrentar con éxito los embates de los intolerantes.
La novela está compuesta por dos partes. En la primera los capítulos están titulados según su tema –drogas, sexo, muerte, amor, culpa, entre otros- y abarcan diversos aspectos en la vida de su narrador. El autor le apuesta a la acumulación y pretende dar una imagen completa de su personaje: en qué ambientes se mueve, con quiénes se relaciona, cómo se viste, cuál es su postura ante el mundo. Quizá las anécdotas proliferan innecesariamente en esta primera parte, se vuelven un tanto reiterativas. En la segunda parte, cuyos capítulos tiene como títulos los números del dos al ocho según el orden correspondiente, la narración adquiere mayor interés, pues se relatan anécdotas que comprometen el futuro del protagonista y su sueño de encontrar el amor: un hombre para toda la vida.
Para defenderse de un mundo hostil, Edwin Rodríguez Buelvas se ha propuesto ser la más perra de todas: darse a temer para no ser lastimado. Y lo consigue. Es en este sentido que podemos ligar la novela con la picaresca: su protagonista se vale de todo tipo de triquiñuelas para ganarle la partida a una sociedad hipócrita que no tiene lugar para él y que con gusto lo condenaría a los suburbios más remotos.
A pesar de todos sus defectos –desleal, interesado, fraudulento, egoísta, desagradecido-, el protagonista logra la identificación con el lector al no pintarse como una víctima más de un país machista y gazmoño, sin más bien como una pantera que prefiere comer antes que ser comida. Otro rasgo que consigue la empatía es la soledad de Edwin, que disfraza sabiéndose los últimos gritos de la moda, conociendo los chismes más recientes de la farándula, estando donde los demás están. A pesar de que se asume como marginal, y a mucha honra, Edwin siente irreprimibles deseos de ser aceptado y admirado.
Por último, señalar que Al diablo la maldita primavera puede conseguir la aquiescencia de lector en razón de su naturalidad, que nos da la impresión de que en verdad leemos los apuntes de un homosexual dicharachero y jocoso que nos cuenta sus penas y alegrías. Pero en esa misma naturalidad, que la lleva a ser reiterativa y sin un conflicto central que jalone la trama, están cifrados sus yerros.
este libo me parece interesante,solo pude leer un capitulo ya que un amigo lo tenia. he tratado de comprarlo aqui en Panama n “El Hombre de la Mancha”, pero ni siquiera lo concen. ¿Como lo consigo?