Por Humberto Ballesteros Capasso*
La razón de su soledad es peculiar: Antonio Giraldo le tiene miedo a la boca de las mujeres. Cuando está cerrada, durante el sueño o mientras se concentra, su curvatura le es apenas tolerable. Si los labios vibran, aunque sea un poco, no puede evitar rehuirlos. A veces, después de un temblor particularmente intenso, siente la necesidad de pasar unos segundos concentrándose para calmar el vértigo. Lo peor es cuando una boca femenina se abre de improviso. Entonces una grieta parece abrirse bajo sus pies, y se ve forzado a apretar los puños en los bolsillos, bajar la mirada y comprobar que el mundo sigue intacto.
Tiene una colección de revistas de moda. Las noches de los sábados las emplea en su ejercicio. Se sienta en el sofá con una de ellas en el regazo, respira profundo y después de un tiempo prudencial abre los ojos. La ciudad es un puñado de estrellas debilitadas por la cortina. Baja la mirada y cuando ve los labios de la fotografía no puede evitar esquivarlos. Mira la cortina. Respira otro par de veces y busca de nuevo los labios con la mirada. Sus rodillas tiemblan ligeramente, y por eso la boca de la foto parece moverse. Mira la cortina. Emplea toda su capacidad de concentración, toda su terquedad, toda su desesperada energía, y mira de nuevo los labios de la fotografía.
A veces son lánguidos y se curvan en una sonrisa. A veces son severos, y tal vez, si pudiera convencerse de que nunca se han abierto, le inspirarían una especie de alivio. A veces son bulbosos e imagina que desprenden un perfume. Con el corazón en la garganta Giraldo mira los labios de la foto, y después de algunos minutos sonríe, con la vaga ilusión de que le respondan con otra sonrisa. Pero tiene claro que ha logrado superar el miedo y sonreírle a una boca femenina sólo porque sabe que no está viva.
Cuando piensa esas cosas el ejercicio ha terminado. Se pone de pie, devuelve la revista a su sitio junto a las otras y se va a dormir.
Por obvias razones, Antonio no ve televisión y tampoco va al cine. Su pasatiempo es la lectura y Henry James es su favorito. Se sumerge con gratitud en ese mundo cuya única curva tangible es la de las frases, en ese lenguaje sutilmente complejo cuyos peligros nunca son monstruosos y se intuyen desde lejos. Ama esas historias porque son profundas pero al mismo tiempo el suelo se siente cerca, porque los personajes son humanos, pero sus caras son vagas, y las grietas de sus vidas nunca son del tamaño del universo.
Isabel Archer es su amor platónico. Aquel temor malsano de sus pretendientes le parece un reflejo conmovedor del suyo propio.
Hay noches en que no puede evitar imaginarla. Siempre le da la espalda y está sentada frente a una ventana. Es de noche y el vidrio no revela más que negrura. Isabel Archer se ha casado con él unos días antes.
Antonio se le acerca con las manos en los bolsillos. En el reflejo en la ventana ve el centelleo de los ojos. Intuye, pero no ve, la curva de la sonrisa. Le toca el hombro y ella se pone de pie, pero no se da la vuelta.
Se saludan en voz baja y ella le dice que lo ama. Impaciente, Giraldo quita la silla de en medio. En algunas de sus fantasías ésta cae con estrépito y en otras simplemente desaparece. Isabel Archer, sonriendo casi sin labios en el reflejo en la ventana, apoya una mano en el vidrio y con la otra se levanta la falda. El tiempo se concentra poco a poco en una línea en zigzag que desciende hacia la tibieza. Pero cada vez sueña menos con esas cosas, porque ya tiene veintisiete años y la boca reflejada de Isabel Archer comienza a parecerle inhumana.
Giraldo estudió arquitectura porque es un apasionado de las líneas rectas. La única curva que no lo inquieta es la de su gorra de béisbol, la cual ajusta firmemente a su cabeza siempre que tiene que andar por las calles. Lo hace con energía, mirando el suelo. Adora el modernismo más ortodoxo y su ídolo es Mies van der Rohe. Sus notas en la universidad fueron perfectas, en gran parte porque no había quién superara su disciplina. Pasaba las horas sentado frente al escritorio, la gorra de béisbol cubriéndole los ojos, con un abrigo sobre los hombros sin importar el clima, los pies posados con firmeza uno junto al otro, dibujando. Pero en la oficina, a pesar de su trabajo obsesivo, aún no lo han ascendido.
Sin embargo, hace una semana Giraldo era feliz, tan feliz como lo puede ser un hombre de sus características. En la oficina no había sino hombres, y sentía un escalofrío de libertad cuando llegaba, colgaba la chaqueta del perchero, entraba al baño, se lavaba los dientes, se alisaba la corbata mirándose al espejo, volvía al cubículo y se ponía a trabajar.
Pero ahora, que ha llegado Estela, se siente rodeado todo el tiempo por una especie de insectos tibios. Su estrategia ha sido dejarse puestos los audífonos y las gafas de sol. Y aunque ha logrado aislarse del mundo, y ha pasado días completos sin verla ni oírla, le ha sido imposible olvidar que ella sigue allí, cerca de él, y que su boca en cualquier momento podría abrirse. En casa, cuando llega y se quita los audífonos y las gafas de sol, se siente un instante en peligro, a pesar de que es completamente ilógico; pero es que con sólo abrirse, aquella boca que está tan lejos podría revelar un hueco infinito, el hueco de un cuerpo donde cabría el mundo.
Por lo tanto, después de considerar todas las posibilidades, en un momento de inspiración ha decidido que la mejor alternativa es enamorarla.
No se pregunta la razón de esa extraña conclusión. Se dedica a su objetivo con la misma terquedad minuciosa con que diseña en Autocad los proyectos que firmarán otros.
Intensifica sus ejercicios con las revistas. Arrienda una sala de reuniones en un pequeño hotel de la periferia, y envía a sus compañeros una invitación anónima para una fiesta en máscara de carnaval. Será la noche del sábado; habrá cerveza, vino y comida gratis.
Actúa con la inspiración ciega de un niño que prepara su juego más grande, uno tan amplio y riesgoso que no sabe si lo sobrevivirá. En el supermercado donde compra el vino, la comida y los vasos de plástico, no puede evitar mirar un momento los labios de la cajera. Siente una mezcla extraña de angustia y entusiasmo, como si estuviera a punto de saltar al vacío, y no estuviera seguro de que la cuerda que tiene ajustada a la cintura será capaz de sostenerlo. Mira el suelo un par de segundos, y cuando recibe las bolsas se da cuenta de que le están temblando las manos. En el bus se sorprende mirando por la ventana, ignorando valientemente la posibilidad de encontrar una boca femenina de improviso, y comprende al fin lo que su decisión significa. Ahora sabe que la noche del sábado tendrá una verdadera oportunidad de liberarse.
El sábado, después de ayudar al mesero a organizar las sillas, preparar las mesas y abrir los paquetes de las máscaras, le dice que necesita un poco de privacidad. Cierra las puertas, se sienta en el centro de la sala y mira más de cuarenta minutos una serie de cinco fotografías dispuesta a sus pies.
Examina despiadadamente un par de labios, y cuando logra respirar normalmente pasa al siguiente. Cada vez que cambia siente miedo, y a veces le dan ganas de agitar la cabeza, como si lo hubieran forzado a sumergirse sin haber tomado aliento a sus anchas. Pero continúa.
Cuando falta una hora para que lleguen los invitados, se deshace de las fotografías y se pone la máscara. Sus ojos brillan de extraña exaltación. Esboza una sonrisa que, lo sabe, coincide exactamente con la de los labios de plástico.
Sentado en su puesto junto a la puerta de la sala, con un sombrero fino en la cabeza, un vestido impecable, una capa violeta y la caja en el regazo, Giraldo recibe a los invitados y a cada uno le escoge una máscara. El primero en llegar es el director, que viene del brazo de su mujer. El corazón le late con fuerza cuando se da cuenta de que ella ya lleva un antifaz, un par de anillos de terciopelo de los que penden plumas y zarcillos.
Evita verle los labios; mira al director a los ojos y le estrecha la mano. La voz le sale firme y tranquila a pesar de que está nervioso. El director le agradece la invitación. Su mujer se ha dirigido sin saludar a la mesa sobre la que se han dispuesto los bocadillos. Giraldo sonríe y hace una broma. La carcajada del director lo hace sentirse más alto de lo usual, a pesar de que está sentado y sabe que él lo supera en al menos veinte centímetros.
El director se sienta con su mujer en dos sillas cercanas a la esquina y se quita la máscara después de unos instantes. Pero Giraldo ya no lo está mirando. Está mirando a la mujer, cuya boca teñida de rosa contrasta con el terciopelo del antifaz. Está maravillado. Los labios de la mujer del director no le causan miedo. Piensa vagamente que tal vez está curado, pero sabe sin necesidad de prueba que la razón es la máscara. Sonríe furiosamente y su sonrisa coincide de nuevo con la de los labios de plástico.
Tal vez alguno de los invitados había pensado que Giraldo, el tímido y extraño Antonio Giraldo, era el anfitrión misterioso; pero su actitud durante la fiesta es tan despreocupada que no duda de haber evitado las sospechas. Saluda a cada persona con una pequeña inclinación teatral y escoge la máscara que le parece oportuna. De tanto en tanto se levanta e interviene en alguna conversación. Su sentido del humor se ha hecho tan agudo que se siente permanentemente rodeado por las carcajadas. Y esas risas le sirven de alas, y vuela serenamente bajo los ojos de sus invitados, la capa ondeando a sus espaldas, y para todos tiene la sonrisa siempre igual, y para cada uno el rostro confiado, la frase apropiada. Todos quieren hablarle, todos intentan adivinar quién es, y el misterio es una especie de electricidad que le da una segunda vida a sus movimientos y un tono seductor a sus palabras.
Después de dos horas se ha hecho tan intrépido que, cuando oye que Estela está en el lobby, escoge para ella un antifaz que no le cubrirá los labios; y cuando la ve salir del ascensor, le pide al mesero que atienda a los invitados y camina hacia ella.
La saluda con la inclinación de siempre y una risa llena de confianza en sí mismo. Le besa la mano con sus labios dorados, hace una broma y de improviso se da cuenta de que mientras habla está mirando los labios de Estela, los labios plegados en una sonrisa sorprendida.
La felicidad, descubre Antonio Giraldo durante la fiesta, es tener la máscara apropiada y el coraje de rendirse a sus poderes. Estela es tímida y mucho más joven de lo que pensaba. Llegó a la ciudad hace menos de dos meses, y casi no tiene amigos. Aceptó la invitación porque la alternativa era otra tarde de helado y televisión. Hablan de películas y en un momento Giraldo se da cuenta de que está inventando una para ella. Es una historia exagerada y romántica, un filme de aventuras en el que un hombre enmascarado gana una guerra y seduce a una princesa adolescente. Estela sabe que la película no existe y de todas maneras le pone atención. Casi todos los invitados están borrachos y le han subido el volumen a la música. A sus espaldas la mujer del director, el antifaz medio roto pendiendo de un dedo y un vaso vacío en la otra mano, baila sobre la mesa y a veces ríe para nadie, mirando el techo como si fuera un dios y quisiera reírsele en la cara. Pero Giraldo y Estela han entrado poco a poco en un mundo sin falsedad que existe sólo para ellos.
Ríen una vez más y Giraldo se sorprende con la mano de ella entre las suyas. No ha bebido un solo trago, y sin embargo los colores son un poco grises en torno al rostro de su nueva amiga, que brilla como una antorcha en el vacío y está tan cerca del suyo que intuye su tibieza más allá de las mejillas de la máscara.
De improviso Estela se quita el antifaz, y la antorcha se hace tan intensa que Giraldo se ve obligado a cerrar los ojos. Pero no de miedo.
Los abre de nuevo y ella aún le está sonriendo. La mano en las suyas es un pájaro que se ha hecho su amigo, pero aún no confía plenamente en él y todavía tiene el corazón acelerado. Acaricia al pájaro para que se calme, y sin pensamiento, actuando precisamente como un niño que liberara a un pájaro de su jaula, se quita la máscara y la besa.
El mundo ya no existe y Giraldo es el dios que es dueño de la nada. Poco a poco aparecen unos labios, unos dientes, un pequeño pez cálido y un agua ligeramente más fría, y Giraldo siente que los está creando con los movimientos de su boca. Sonríe confusamente mientras toma aliento. Después la besa una vez más y sabe que ya ha nacido lo que no quería que naciera. Ha nacido él mismo. Es él quien está jugando con unos labios femeninos y tiene la mano apoyada en el cuello de Estela.
La aprieta apenas un poco y muerde ligeramente el labio superior. Ella suspira, y el hombre nuevo comprende que tiene un poder inmenso y que lo usará precisamente como quiere.
Ahora está mordiendo el labio inferior, y con los suspiros de Estela se ha mezclado un miedo infantil que le parece adorable. Un largo escalofrío de fuerza emergente sacude su cuerpo; no se le escapa en lo más mínimo que tiene un cuello suave apretado en la mano derecha y una máscara ya inútil a sus pies.
Pero sabe que todavía hay algunos invitados alrededor. Libera el cuello de Estela y le da varios besos un poco más tiernos. Y mientras mira su sonrisa de renuncia, y le propone con voz calculadamente temblorosa que se vayan de la fiesta y tomen un taxi, Giraldo piensa en el cajón de la cocina donde tiene los cuchillos más grandes, y se percata de que su sonrisa es sincera, fuerte y generosa, como la de la máscara.
*Humberto Ballesteros Capasso.
http://es.wikipedia.org/wiki/Humberto_Ballesteros_Capasso
Imagen exterior Playa Blanca Mask de fabiantheblind en Flickr.com
Falta la chispa del verdadero escritor. Suena a algo ya muchas veces contado. Creo que se quedó en la parte técnica-mecánica del asunto -que casi cualquiera puede dominar- y no avanza con esa voz propia que cada escritor debe encontrar. Muy, muy pobre.
Deberían prohibir los cuentos de amor por dos siglos, a ver si respiramos temas más frescos.
Humberto, siga adelante con sus cuentos y no se deje amedrentar por los anteriores comentarios que todos sabemos que hay escritores peores que usted… y muchos