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NARRATIVA (Ficción/NoFicción)

Tarde en Lisboa. Por J. S. De Montfort

Observing human variety can give pleasure,
but so too can human sameness.
Ian McEwan. Enduring Love.

Por J. S. De Montfort*

1.

Diríase que la incómoda pero suave tira púrpura que se me pegaba atrás, justo al medio y se introducía insidiosa por entre las nalgas, hizo que me fijase en la tarde inesperadamente lúcida de enero.

En su pertinencia.

Al menos todavía ahora, a las cuatro casi y media, dejado el porche, abierta la puerta de la cancela, caminando descalzo sobre la agradable hierba mojada, las llaves de la casa tintineando en la mano y el cielo enorme y limpio. Un feliz espectáculo –casi una broma- para alguien que lleva un año sin pintar un solo lienzo. Yo.

Y así salir esperanzado y molesto con el coche hacia la rotonda de Amadora y notar la tira trayéndose su divertido juego por entre las nalgas y mover el cuerpo, acomodándome en el asiento. Y gozar agradecidamente cada uno de los traviesos movimientos de la braguita de Albertina por mis nalgas mimosas y la cadera y el pubis.

Como colofón a la fiesta: el rugoso tacto metálico, pero maleable y fácil, del pedal del acelerador y el embrague del Lexus bajo los pies desnudos.

Pero entonces de nuevo la inclemente realidad: lo irritante de ver tantos coches que se me cruzan sin la menor indicación, sin poner el intermitente; y es que es una cosa que me fastidia sobremanera: ese ronronear por los lados como escarabajos, y todavía más esos coches que salen de las incorporaciones laterales sin el menor esmero, que te obligan siempre a detener la marcha.

Es odioso, este tráfico lisboeta.

Es odioso que nadie utilice el claxon, que nadie grite, que todo sea tan civilizado.

Dos años viviendo aquí y no me acostumbro todavía.

A lo lejos, tan lejos, se adivinan las aguas calladas del Tajo y, sobre él, los coches que abandonan la bahía hacia el Sur por el puente 25 de Abril, el antiguo puente de Salazar, y el ridículo Cristo Rey coronándolo, menudo, como una broma de grandeza y las luces azules y blancas patrocinadas por Samsung, como un egregio pero luminoso manto; y a lo lejos, más lejos, la promesa de España. ¡España! Tampoco me acostumbro a esto. A la lejanía, a la memoria de cuando mi obra pictórica era abundante y expuesta con agradecido fasto en luminosas galerías. Ni a decir ese nombre ¡España! con nostalgia, y con desvergüenza.

Esto va a ser legendario, canta el móvil. Es un mensaje. Un recordatorio, mejor dicho. En una hora Albertina llegará al aeropuerto. A las cinco y media. Voy a ir a buscarla; lo mejor –o lo peor- será que ella no me espera. Es necesario que suceda hoy, ya; ocho meses son largas horas de demasiada indulgencia para esta incapacidad mía que me tiene enfangado.

Al conectar el ipod a la radio del coche suena una canción huraña de Van Morrison. El ipod es de Albertina. Yo no tengo ipod. La canciones de Van Morrison –y todas las del ipod- son también de Albertina. Detesto a Van Morrison. Detesto… el coche que conduzco, un ostentoso Lexus, es también de Albertina. Un LEXUS RX 350 President. Comprado en Pozuelo de Alarcón. Segunda mano. Color plata. Asientos de cuero negro. 13.000 kilómetros cuando se lo regaló su padre. 48.000 euros. Si el señor de Marco se enterase de que estoy conduciendo ahora este coche le daría un ataque cardíaco.

El señor de Marco sigue convencido de que la negativa de Albertina a albergar progenie mía alguna nos separó definitivamente, hace ocho meses. Me lo confesó una noche Albertina, una noche en la que se pasó fatalmente con el vino portugués; después de una cena que nos vio felices por una noche. Cuando la cosa todavía parecía tener remedio. Cuando, de hecho, la cosa todavía tenía remedio.

2.

Los Lexus son de una efectividad pasmosa: tú eliges una velocidad y entonces el coche se mantiene firme en dicha velocidad. Son tan precisos que me asombran. La ingeniería y la modernidad son una bendición de dios. Y todos esos botones e indicadores, luces y números extáticos en su concreta exactitud.

Pero claro, luego otra vez los indisciplinados coches lisboetas como escarabajos que hacen que tengas que pisar el acelerador y frenar y acelerar y frenar y cambiar de marcha y volver a accionar el mecanismo del Lexus y … por suerte a lo lejos se ve el cartel del aeropuerto de Portela.

Por suerte.

Para tranquilizarme por los diez o quince minutos (¡o veinte!¡o treinta!) que todavía me restan para acercarme a la zona de llegadas, pienso en que no todo es terrible en esta ciudad, en este país. Estos últimos días del año la gasolina diesel ha bajado por fin. Cero con ochenta y seis euros el litro de diesel.

Esto me levanta el ánimo.

La erección se activa de nuevo sola. Como celebrando algo, que todavía es jueves por la tarde, quizá, que Albertina y su lamentable tristeza no han llegado todavía a acercársele. Que le quedan todavía unos cuantos largos minutos de relajo, a mi erección –o a mi ridícula placidez-; o no, porque el caso es que toda erección es autónoma y parece no atender a nada más que a su propio desconsuelo. Y la placidez no es sino una broma del espíritu.

Por suerte la erección sigue aguantándome los pantalones.

Me es útil en algo, pues. Suficiente. He olvidado el cinturón.

Al cabo de los largos minutos de placer odioso en el coche, todavía en el parking, pienso con felicidad que debe estar todo manchado: el vaquero, la braguita púrpura; la entrepierna, quiero decir. Mejor así. Mejor. Mucho mejor.

Sí, quiero que Albertina lo huela, lo note, lo sufra.

Sí, claro, quiero ver si a Albertina le explotan furiosas o culpables las fosas nasales al saber de mi esperma disperso y pegajoso y desperdiciado ya seco e inútil por el coche que le regaló su padre y también en las sábanas de su cama, también regalo de su padre, también, y, sí, quiero ver de qué modo sobrevienen sus vómitos, sus lágrimas, su indignación, su odio. Quiero ver algo.

Quiero verlo.

Y es que ella dice, además, vindicando su detestable gallardía castellana, que sería capaz de distinguir mi olor entre trescientos hombres. ¡Trescientos! Dijo trescientos, lo recuerdo. ¡Ja! Lo dijo una de aquellas noches últimas de la primavera pasada, por teléfono. ¡Ja! Cuando estuvo de baja tras la operación, en casa de su padre y éste le pidió que volviera a la casa familiar, y ella le dijo que sí.

Sí, sí, veremos entonces cuando lo descubras –mi olor, Albertina- en las sábanas de ese cuarto de nuestra casa (tu casa; la casa de tu padre, deberíamos decir, en honor a la verdad).

Bien, las sábanas de la cama de ese cuarto en el que tú duermes sola y en el que tan sólo me atrevo a pegar la oreja en la puerta (y eso las veces que no está tu padre y me toca irme a un hotel) y escucharte en la altísima madrugada –y sólo cuando el alcohol ya me nubla el juicio o al menos atenúa mi miedo o pánico o pavor-, escuchar el tintineo de tu respiración cuando duermes, Albertina; ah, gozarte viendo cómo estás presente pero ausente en la displicencia de tu sueño; pero lo mejor: ¿quieres saberlo? Pues cerciorarme de que puedo hacerte daño, sí Albertina, el mayor daño, y que, sin embargo, no hago uso de esta ventaja, Albertina

Sí, eso, saber que podría perpetrar un acto violento –amparado por la terrible noche lisboeta- y, sin embargo, sonreír todavía con vileza, pero bajar apocada la vista y dejar que mi mirada se pierda en el suelo de madera… Dejarte vivir un día más, sin embargo.

Y no poder no seguir amándote, Albertina. Sí.

3.

Yo recuerdo cómo era todo al principio, vaya, he de decirlo: todo era indeciblemente mejor, quiero decir, pero muy muy al principio era todo de una rabiosa dulzura (y así nuestro amor), cuando ella agradecía mis venidas al aeropuerto y yo, que aguardaba indolente, pero secretamente deseoso –con un ardor irrefrenable, el mismo que ahora intento revitalice el contacto sedoso de sus bragas sobre mi pelvis y sobre la nalga-.

Pues así: estar en la llegada de pasajeros, vuelos internacionales, y un cartel gracioso –y grandioso- en mi mano, con su nombre [Albertina de Marco]. Su nombre en letras de colores y con dibujos de palmeras o cócteles con sombrillas o corazones o soles o cualquier tontería que se me hubiese ocurrido quince minutos antes de salir de casa, algo premeditamente infantil. Y me fingía ser el enviado por una de esas firmas de abogados importantes lisboetas para recogerla –y para tal farsa me dedicaba concienzudamente, pues llevaba puesto un traje de esos que me regaló ella para cuando su padre todavía confiaba en que yo ingresase en la empresa familiar- y gritaba su nombre en alto, ¡Albertina!, bien alto, ¡Albertina!, muy alto y estridente, y ella se ponía muy seria, y no respondía a mis provocaciones sino que se acercaba a donde yo estaba, profesional como siempre –o como yo imagino debe ser una ejecutiva seria y profesional-.

Su mirar, atildado y conspicuo se delataba por una mano risueña que tras el cartel se deslizaba como descuidada o casual –oculta además de las miradas de la gente por su abrigo largo sobre el brazo- y su mano caracoleaba por el contorno de mi pantalón y sin poder aguantarse la risa, me decía: “ajá, y esto…?- y entonces se apartaba de mí, llevándose el cabello atrás de la oreja, para disimular.

Y continuaba:

“Será que Vd. tiene un buen amigo esperándome… ¿verdad?”

Y es que al llegar a casa todo el fragor y la impotencia de su trabajo –que venía adherido a sus verdes ojos- era disuadido por el oportuno vino del Alentejo y ropa fuera y mucha más risa. Sin cena ni protocolo, por supuesto. Y todo lo que Vds. ya saben o deberían imaginar que hacen las personas que se aman.

Hasta que una de esas noches, una noche desde la que ciertamente parece haber pasado una eternidad (una vida entera y son sólo ocho malditos meses), pues… me confesó lo que había pasado, y lo que pensaba hacer, hubiese o no consentimiento por mi parte.

Se acabaron entonces las risas, y cuando un hombre pierde la risa de una mujer puede que conserve su amor, esto es probable, pero ha perdido su alma. Y ya no la recuperará jamás. Porque alma, las mujeres sólo tienen una, al menos para cada uno de los hombres a los que aman. O eso creo.

4.

Como alineándose todo en una secuencia lógica de cosas: la veo. A Albertina. Oh, sí: esa espalda inconfundible y ese cabecear nervioso a un lado y a otro, como quien quiere sacarse de una vez algo que le habita adentro de los tímpanos.

Es ella, seguro, pero me extraña, puesto que deberían faltar todavía unos quince o veinte minutos (quizá más) para que llegue su vuelo, o quizá es que lo tuviese mal apuntado o me he demorado en las autovías. No sé. De todos modos me pongo nervioso, hace más de dos semanas que no nos vemos. Y todavía estoy en el parking. Dentro del Lexus. He de darme prisa para que ella no coja un taxi.

La lógica va así: que la veo, que veo en la lejanía su pelo rigurosamente negro. Lacio, corto (lo recordaba largo de la última vez, ¿un peluquero marica del Mercado de Fuencarral se lo hizo, este corte?, ¿quizá se lo hizo arrepentida –o peor, con total decisión y premura- tras una larga noche de amor?). El caso es que su pelo corto es tan corto que apenas se le desfleca mínimamente por los contornos del cráneo mismo. Y esto es muy raro en una mujer como Albertina, cuya dignidad ha habitado siempre su largo y rígido cabello español que le ha caído indefectiblemente durante sus treinta y dos años de majestuosa espalda erecta y firme de chica obediente.

Veo su falda larga, gris oscura, esto sí, una larga falda gris oscura como las que ella suele llevar siempre, y su chaqueta negra a rayas. Esto también. Fulgurante el exceso de su maquillaje. Me extraña, pues su piel es de natural blanquecina y, sin embargo, se la ve –la veo- demasiado marrón, como con una explosión de polvos de maquillaje; al menos en el rostro. A qué esta ocultación, pienso. Pero bueno, está muy lejos todavía, así que quizá sea sólo producto de la tarde que ya se ha dejado perder entre nubes brumosas y grises. Ese melancólico capricho tan lisboeta del clima. Pero no puede ser, no serán más de las cinco…

En fin, mientras me digo que no he de precipitarme en mis conclusiones y me aconsejo no encapricharme con la idea de que es ella, pues puede que no sea, a pesar de que me parezca exactamente ella… y es que no hay mujer portuguesa que la iguale…así que es ella, seguro; pues bien, me concentro: intento maniobrar el coche y busco algún lugar vacío y cercano con la vista. En el parking. Intento hacerlo con la mayor rapidez.

La tira de la braga, como alertada por los acontecimientos y ajena a mis propósitos, me hace saber de su jugueteo por entre las nalgas y lo que sucede no es una erección sino ya dolor. De repente, la excitación se mantiene pero sus signos son equívocos y noto que me tiembla la mano al ver como esa silueta suya, inconfundible, de Albertina (¿de Albertina?), renquea por entre la gente que se aposta esperando a los taxis, y hay blancos taxis libres, y la pierdo de vista y la vuelvo a ver, y de repente ya no la veo de nuevo y al coger el teléfono para impedir que coja un taxi y buscar el número de Albertina en la agenda y no encontrarlo –tendría que estar aquí ya, y resolver todo este desaguisado, pienso; ella, y decir: todo ha sido un malsueño, olvídate, olvídate-.

Entonces el teléfono vibra o soy yo el que lo hace vibrar y se remueve entre mis manos y se me cae en la alfombrilla y sin querer acelero; se me hunde el pie desnudo sobre el acelerador y el otro pie, indómito, inapropiadamente se rebela en la acción contraria y no pisa el pedal de freno y al no haber nada que oponga resistencia a mi pie derecho, el Lexus se mueve de un golpe brusco y brutal y al no acertar mi mano –o no querer y querer, sin embargo, sumarse al desastre- tampoco con el volantazo súbito, el morro del Lexus choca contra una de los férreos soportes metálicos de la zona que queda debajo de los taxis blancos y éste –el soporte metálico- se bambolea –o yo creo y quiero que se bambolee- y pienso que se vendrá irremediablemente abajo –y quiero que se venga abajo- mientras escruto con temor las pantallas de cristal que unen a cada una de las decenas de piezas armadas entre sí que parecen las patas sediciosas de una oruga terrible, con sus junturas enormes que parecen una panza brutal de un insecto prehistórico.

Durante unos segundos todo parece querer avenirse a la destrucción o a la barbarie, y es este el tiempo que me demoro en hacer chillar los neumáticos y rozar con el parachoques varias columnas y enfilar una curva y otra y ver ya de cerca –muy cerca- los blancos taxis vacíos que se detienen miedosos a mi paso, al tiempo que sus motores rugen; hay un caos de maletas sobre la acera y por los espejos del Lexus veo sombras con chalecos naranjas y reflectantes blancos en los pantalones, se mueven intrépidas –esas sombras-; y así no sé por qué, pero no ceso de acelerar y maravillarme por cómo el marcador de aceleración supera la barrera de las 10.000 r.p.m., al tiempo que el dolor de la parte delantera de la braga me aprieta guerrera los testículos y la erección se sale por el costado derecho y duele más. Mucho más. Y a ese efecto, como de descarga eléctrica, le sigue la obstinación de mi pie desnudo por hundir el pedal rugoso y metálico del acelerador más allá de su natural recorrido y desbordar ya las 12.000 r.p.m. Y el brum, brum, brum acaba estrepitoso en un definitivo crash y una ulterior melancólica quietud tan lisboeta, y un humillo gris (un verdadero consistente humo gris) que sale del capó abollado del Lexus de Albertina….

5.

Entonces milagrosamente salgo del coche y con una diligencia no exenta de pavor el teléfono da tono y es que ya no recuerdo la sublime perfección del marcado de voz y al haber gritado ¡Albertina! (y algo de ridículo hay en esto, pues este móvil también me lo regaló ella) el tono hace pip y pip y nadie coge el teléfono. Y pip y pip y pip, y aguanto unos cuantos pips más y, nada, al final cuando sale el contestador automático digo “hola, eh, voy corriendo por el aeropuerto…. A tu búsqueda” y cuelgo. O el teléfono se cuelga solo. Pero el caso es que ni corro ni hago nada, sino que mi mirada se vuelve loca entre la gente, buscándola.

Y lo que me asombra es verla de nuevo, a ella, a unos doscientos metros de mí, Albertina o esa mujer que es exactamente igual a Albertina –o así me lo parece-, me asombra ver que mantiene algo en alto –y yo diría que es un teléfono, aunque pudiera ser un monedero, pero yo diría que es un teléfono- y se pierde su espalda inconfundible otra vez entre la gente y otra vez y sale por entre el murmullo de gente y parece como si buscase a alguien, ¿será a mí a quien busca?

¿Sí?

Y he gritado ¡Albertina! y mi teléfono da de nuevo el tono pip y pip y pip, pero ella no coge el teléfono sino que lo mantiene en la mano, y juraría que mira la pantalla y ve el número, aunque igual puede que no sea ni un teléfono ni esa chica morena del pelo corto sea Albertina, pero yo diría que sí, que tiene que ser ella. Porque entonces la lógica más sensata me dice que si todavía estuviese en el avión el teléfono estaría desconectado. ¿O será que su padre le habrá regalado un teléfono de esos vía satélite y ella esté todavía en el avión? (De hecho debería estar todavía en el avión, descansando tranquila… no serán más de las cinco), pero…¿pero será que sigue en el avión, con el teléfono en silencio…? ¿y si sigue en Madrid y ha demorado el vuelo? Me habría avisado… ¿no? ;

¿Sí?

El caso es que me precipito y abandono el Lexus estrellado, la puerta del conductor abierta. La música de Van Morrison sonando en los altavoces. Al darme la vuelta y admirar el refulgente cuero negro, constato en mí cierta pena y no sé por qué, pero me llevo la mano por debajo del vaquero y me sobo a placer las bragas púrpura de Albertina y me toco lo que de ellas sobresale, mientras Van Morrison canta esa canción que detesto: “There´ll be days like these”. Y la sensación es la misma que nos producen las fabricas abandonadas donde todavía quedan las máquinas que imaginamos aún útiles. O lo mismo con el luminoso esplendor inútil de las chatarrerías y los cementerios de coches. La sensación es de desolación absoluta. De muerte rodeada de vida. De farsante inutilidad.

Y la lógica me asiste de nuevo: mis piernas siguen el dictado de mis pies descalzos y se abalanzan a adueñarse del asfalto en tanto que alguien, no sé, un policía, un guardia de seguridad, una azafata gorda entrometida y fea, me gritan cosas en luso, y como hago que no les entiendo gritan en inglés (bueno, se lo gritan a mi espalda), y pronto resuelven que debería ser el francés la lingua franca …y aquí el dolor de una piedra o un cristal o un clavo (¿clavos en un aeropuerto?) lo vuelven todo inquina y malignidad y sangre en los pies descalzos.

Y el caso es que Albertina, o esa mujer que es exactamente igual a Albertina, –y que sigue mirando curiosa algo en la pantalla del teléfono (o en el monedero) que sostiene en su mano-, lejana aún, como a unos pocos ya cien metros diría yo, desaparece por la puerta de un taxi blanco.

Grito ¡Albertina!. Y corro tras el taxi.

Grito ¡Albertina!. Y corro más rápido. Más más rápido.

Y todo esto me sirve para constatar cómo los taxistas en Lisboa tienen la mala costumbre de no mirar jamás por el espejo retrovisor cuando se les reclama. Y pienso en la majestuosidad del Lexus y su velocidad y furia y hacia él voy decidido para poder perseguir a ese maldito taxi blanco lisboeta cuando de mi teléfono, del auricular, sale un ruido (se habrá activado otra vez solo, pienso), y no sé por qué, pero me detengo.

Es un ruido de motor, observo, y lo hago con una congoja que ya no puede dolerme. Lo que se oye al otro lado del auricular, es un motor, se escucha muy claramente, un bravo motor, pienso mientras aguardo con las manos sobre las rodillas, exhausto, dobladas las piernas, para tratar de recuperar el resuello.

Entonces, un reflejo me alerta y levanto la vista sobre la recta de puertas de cristal y no sé por qué pero pienso que el taxi vuelve, que el blanco taxi lisboeta donde estará sentada Albertina (o esa mujer que es exactamente como Albertina) estará dando la vuelta al aeropuerto y sube de nuevo y mi alegría se dispara; pero no, porque lo que veo son las patas inmensas de esta oruga de metal y acero que es la zona de llegadas del aeropuerto de Portela.

Lo que veo es cómo toda una serie larga, larga, una línea interminable de súbitas luces se van iluminando progresivamente, una tras otra, una tras otra, sin detenerse lo más mínimo, hasta llegar al final del aeropuerto de Portela, justo en la curva por la que se ha perdido hace unos segundos el taxi y ahora no hay nada sino el reflejo de las luces hacia la oscuridad infinita de la noche lisboeta.

Un silencio ridículo se instaura a mi alrededor.

Sólo consigo escuchar lo que sucede al otro lado del auricular: un motor que ruge y se va apagando como derrengado, y ruge aún, es un león herido que sabe que va a morir. Y el motor leonado silba y parece que se apaga lentamente, pero no se apaga, sino que sigue renqueando, cada vez más tenue.

Se me hace claro que no puede ser otra cosa que la turbina de un avión al poco de aterrizar. Y ello lo confirma el cloc-cloc-cloc de los escalones metálicos por los que parece descender gente briosa y excitada.

Me miro las manos en tanto que se me cae el teléfono al suelo mientras de él sigue saliendo el ruido petardeante de la turbina; entonces me miro las manos y ¡oh! están llenas de sangre, mi propia sangre. En mis manos.

Y el vaquero que me cae, también. En él también anida la sangre.

Mi sangre.

Los guardias de seguridad, los policías, la azafata gritona y gorda y fea y lusa y maletas en desorden y pasajeros incrédulos y sombras con chalecos naranjas y reflectantes blancos sobre los pantalones, conforman un círculo a mi alrededor. Me rodean. No hay escapatoria, pienso. Estoy perdido.

Por entre un pasadizo de rodillas veo el Lexus estrellado y aparto de mí todo miedo y me concentro huraño en todos esos rostros que ahora definitivamente verán la braguita que llevo puesta, la braguita púrpura de Albertina. Y ello me produce un despreocupado enfurecimiento. Entonces, al llevarme los dedos sobre la mejilla izquierda y rascarme con sangre la barba salvaje, unas ganas pendencieras azotan mi mano derecha, que se postra sobre mi boca y aúllo, no sé por qué, como quien interpela a un dios, pienso, no sé, como quien agradece la concesión de una virtud, yo qué sé, o como quien suplicase agotado una tregua. Sí. Diríase que eso es lo que ocurre.

*J. S de Montfort (Valencia, 1977). Vive y escribe en Barcelona. Es Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI) y pronto Licenciado en Filología Inglesa (Universidad de Barcelona). Hasta hace nada trabajaba en el Dpto. de relaciones públicas, promoción y prensa de una gran editorial. Ha escrito para revistas de música y tendencias y ha trabajado también en un periódico generalista. He escrito guiones de cine, actuado en cortometrajes y en alguna obra teatral. También ha sido bibliotecario, locutor de radio y tv, organizador de conciertos y, esporádicamente, batería de jazz y surf.

Imagen exteriorLEXUS RX 350 por uichan, CC. en Flickr.com

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