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NARRATIVA (Ficción/NoFicción)

Tribulaciones de chinos en indias (Fragmento de novela) de Jaime Mauricio Panqueva. Premio Juan Rulfo 2009

Premio Juan Rulfo 2009 de novela. Otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, por medio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México.

Para leer el discurso de recepción del premio visite Discursorecepcionpremiojuanrulfo2009

Tribulaciones de chinos en indias

La novela sobre La china poblana: Catarina de San Juan.

Capítulo Décimo

Rolando Edmundo asaltante, dos años antes hacia mil seiscientos treinta y dos.

Camino de tropezones
es la vida donde estamos
y si en él nos descuidamos
nos roban fieros ladrones
las riquezas que llevamos
Fernán González de Eslava

En el cerro se escucharon las primeras descargas. Rolando Edmundo aprovechó la distracción de los centinelas para entrar a la casa principal por una de las ventanas. Alberto Esteban, que le acompañaba en este asalto, se quedó agazapado sobre el techo, pues se distrajo, como todos, con el eco reverberante de los arcabuces. Cuando intentó seguir a su señor, la salida de don Fernando de Cebrián por un balcón adyacente a la ventana, le impidió seguir el mismo camino del prófugo más buscado de la Nueva España.
Don Fernando de Cebrián, conocido por sus pocos amigos y numerosos enemigos como el Marqués de la Flota, recibió la luz del exterior con la mala leche que le caracterizaba, mientras hacía esfuerzos por divisar algún indicio de la lucha.
—Debe ser el coche con la remesa del trigo —le gritó uno de los custodios de la puerta de la hacienda.
—¡Rápido, todos los que puedan montar y pelear a las armas! —ordenó el Marqués como un trueno.
Sus palabras se fueron repitiendo a voces dentro de los muros de la Hacienda de Veraguas, una de las más preciadas posesiones del Marqués, que con sus dos mil fanegadas de tierras cultivables, proveía de trigo a la ciudad de Puebla de los Ángeles.
El Marqués, sin perder de vista el desfiladero de donde se veían alzar discretas volutas de humo, ciñó su espada y maldijo al chino Rolando Edmundo y a su banda de renegados, por volver a intentar robarle en su cara, pues el carro no debía distar de la mansión más de dos leguas.
Sin salir del balcón y sin sospechar siquiera que Alberto Esteban se encontraba a pocos metros, el Marqués daba voces a los mozos de caballeriza para que ensillaran todos los animales disponibles. Antes de salir, molesto por el caos reinante en el patio, con hombres mal armados que corrían de un lado al otro, el Marqués preguntó al jefe de los guardias:
—¿Dónde están mis hijos?
—Don Álvaro anda por los campos desde la mañana y don Fernán debe hallarse aún holgando en su estancia… —le respondió el mercenario en medio de la confusión.

—¡A las armas! —exclamó el joven Álvaro tras escuchar cómo la descarga retumbaba aún en el cerro.
Varios de los indios que lo acompañaban empuñaron sus herramientas de labranza y vinieron hacia él, un mocetón con los bríos de un potro cerrero. Al Marqués sólo podían contársele con certeza siete retoños legítimos y Álvaro además de ser uno de los menores, era su favorito, pues le había heredado la determinación para las empresas y el don de mando. Eso sin mencionar el gusto por ajustar cuentas con su propia mano. El joven al comprender la táctica de asalto de la caravana pensó que aquel era lugar idóneo para saldar deudas pendientes.
—¡Síganme, vamos por esos bandidos! —puntualizó saltando a su caballo y enfilando hacia la calzada que unía la hacienda con el camino real que llevaba del puerto de la Vera Cruz a la ciudad de Puebla; era la ruta que debían recorrer las carretas. Su capataz, que era el único de los presentes que disponía de montura, se encaramó a un tiempo en su mula. Los demás indios corrieron tras ellos para no ceder terreno al galope de las bestias.

—¡Fuego! —fue la última palabra del conductor de la primera carreta antes de que una flecha chichimeca le atravesara el cuello de extremo a extremo. Sabía que la descarga de los arcabuces, aumentada por el eco del cerro, alertaría a todos a varias leguas de distancia, pero no esperaba caer muerto y en tierra a manos de un indio jonás como Oyan-mol, lugarteniente de la banda de las Cinco Bienaventuranzas.
De los seis arcabuceros que defendían la primera carreta tres habían caído, los demás aguantaban las andanadas cobijados por el maderamen del vehículo. Por lo estrecho del paso, era imposible que las otras dos carretas girasen para escapar, por lo cual buscaron apoyar a la primera disparando a las peñas de donde partían los proyectiles. Ninguno se atrevía a avanzar hacia los indios, pues ya era conocida la potencia de sus arcos, capaces de atravesar armaduras, como lo habían demostrado durante décadas en la frontera norte. La caravana se había resignado tácitamente a aguantar el asalto hasta recibir los refuerzos de la hacienda. Por lo menos así fue, hasta que se escucharon detonaciones en la retaguardia.
La estancia de Fernán, el hijo mayor del Marqués era un santuario de fornicación y saber literario, pues él sostenía que los dos estaban relacionados de manera íntima. En los estantes que rodeaban la habitación se encontraban obras editadas en América y Europa sin importar si eran libros incluidos en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum. Así pues, junto a un tratado de minería del zacatecano Juan de Oñate podían encontrarse el Sidereus Nuncius de Galileo o la Alchemia de Andreas Libavius, estos últimos, libros salvados de las hogueras de la Inquisición gracias a la afición de Fernán.
El siguiente mueble en importancia, la cama, parecía un mullido altar con baldaquín extraído de Sodoma o Gomorra. Ahí, Fernán realizaba todo tipo de sacrificios a los dioses de la carne. A pesar de andar entrado en la treintena, disfrutaba de una figura esbelta, juvenil, coronada por una cabellera ensortijada de color rubio que cautivaba por igual a indias, criollas y españolas, sin mencionar, dicho sea de paso, a algunos de sus esposos. La vida licenciosa de Fernán era celebrada por el Marqués pues su hijo le dedicaba las reseñas de sus aventuras en verso, con las cuales amenizaba las tardes calurosas en la Hacienda de Veraguas.
El Marqués, como todo hombre práctico, sabía que su Fernán no había nacido para los negocios, ni para la guerra, y lo aceptaba, delegando en sus demás hijos, principalmente en Álvaro, las responsabilidades de la minería, el comercio y la agricultura. Además, financiaba con generosidad la afición literaria de Fernán. En alguna ocasión desembolsó cientos de escudos por la compra y contrabando de un ejemplar del Stultitiae Laus de Erasmo de Rotterdam, no cualquier ejemplar, por supuesto, sino la edición de Froben con los dibujos de Holbein, el Viejo. El libro en cuestión llegó escondido entre toneles de vino y se convirtió en la joya de la biblioteca de Fernán. El Marqués respetaba a tal grado la independencia de su hijo que no se atrevía a interrumpirle cuando éste se encerraba en su recámara a escribir o a buscar el material para sus creaciones.
Y fue por una de las ventanas de aquel Parnaso por donde entró Rolando Edmundo en medio de la confusión.
—Permaneced callado y os respetaré la vida —aconsejó el forajido al apoyar con suavidad el filo de su katana sobre el cuello de Fernán, cuando éste apenas había abierto los ojos. El hijo del Marqués sabía que la advertencia no se repetiría de nuevo y que su vida pendía de aquel brazo enfundado en seda negra. A las imprecaciones del Marqués, quien le llamaba desde la habitación contigua desesperado por el caos que reinaba en el patio, Fernán respondió que estaba armándose y que pronto estaría en condiciones para combatir. Los pasos que se oían avanzar hacia la estancia se detuvieron para luego alejarse y convertirse en un repique de espuelas sobre las lozas de la escalera que comunicaba con la planta baja.
Alberto Esteban aprovechó la ausencia del Marqués para entrar por la ventana, igual como lo había hecho su señor minutos antes. Vio como Fernán arrodillado, con aquel filo que no se despegaba de su cuello, sollozaba quedamente por su vida. Sin esperar señal alguna de Rolando Edmundo, el joven aprendiz cruzó la habitación y entornó la puerta que comunicaba con el solar interior para asegurarse de que el primer piso de la mansión estuviera despejado.
—Apresúrate, muchacho, y no te distraigas —le reclamó Rolando Edmundo, controlando el deseo que le invadía de cercenar la garganta de Fernán.

—¡Vamos a cortarles la retirada a estos bellacos! —explicó Álvaro al capataz, quien apenas podía creer que iba a enfrentar a la banda de Rolando Edmundo con una daga, un garrote y tres tortillas con chile bajadas con atole en el estómago.

—Mi señor, —replicó— eso es un suicidio, no tenemos los hombres ni las armas para siquiera resistir el combate. No olvide lo que le pasó la última vez que luchó contra ese chino. Quiera Dios que le perdone la vida de nuevo…
—¡Cállate, cobarde!
—Perdone vuesausted, pero lo mejor es unirse a la gente de la casa. Mire, ya galopan a la barranca —comentó el capataz indicando con el brazo la lejana polvareda levantada por los cascos de los caballos.

—¡Fuego! —ordenó Albérigo Ojeda, un mestizo reclutado por la banda de Rolando Edmundo en la minas de Zacatecas, quien gracias a su habilidad con la pólvora comandaba la artillería de la banda, compuesta en su mayoría por mestizos y mulatos. En pocos minutos cesó la resistencia de la caravana. Los arcabuceros de Albérigo, con la ayuda de los hombres de Oyan-mol tendieron a los pocos sobrevivientes de la hueste del Marqués sobre el camino frente a la primera carreta. A una legua de distancia, se observaba el polvo que levantaban los jinetes provenientes de la hacienda que entrarían pronto en combate. Coordinados con perfección, quince jonaces y arcabuceros tomaron posiciones en la entrada de la barranca. Albérigo coordinaba el reenganche y retiro de la caravana, mientras el jefe indio, soplando un caracol, daba instrucciones a la reserva que le aguardaba en lo alto del cerro.

—Ahora no, Domingo —respondió de mala gana Catarina San Juan al hombre que intentaba entrar en la habitación de su casa que fungía como oratorio. Domingo Suárez golpeó la puerta y maldijo varias veces, tantas como se santiguó Catarina frente a su altar. Luego, acostumbrado a la indiferencia de la joven, dio un último puntapié a la madera y se marchó hacia el barrio de Sebastián el Alto, a buscar refugio en los garrafones de chinguirito.
Catarina cerró los ojos y tras una profunda inhalación, transportó su mente hacia la maniobra que en esos momentos estaría realizando Rolando Edmundo en la Hacienda de Veraguas.

—¡Albérigo, hombres hacia la ruta de escape! —comunicó Oyan-mol mientras traducía las señales que recibía desde la cima— dos montados, siete a pie y sin armas…
En ese momento partían las carretas para separarse por diversos senderos y confluir en unas semanas cerca de los breñales de la Sierra Norte. Albérigo contuvo su caballo y regresó algunos pasos hacia la punta de la barranca que controlaba el jonás. El tiempo era un factor esencial en la maniobra que realizaban y por ello debería aniquilar cualquier resistencia que intentara cortarle la ruta a las carretas. Aguardó por unos segundos nuevas indicaciones de Oyan-mol mientras observaba de soslayo la salida de la caravana del estrecho.
Nuevas señales llegaron de los vigías del cerro. Oyan-mol con la calma del guerrero experimentado que se prepara para reanudar el combate, gritó de nuevo a Albérigo.
—Tú tienes la suerte y ellos el miedo, amigo. Ése grupo ha cambiado el rumbo, vendrán con los demás.
La suerte no existe, pensó Albérigo. Se alegraba de no tener que masacrar al grupo que con una audacia rayana en la locura, quiso cortarle la retirada y dirigiéndose al defensor del acantilado exclamó a modo de despedida
— ¡Qué San Miguel gobierne tu arco! ¡Nos veremos en diez días!
El indio levantando su arma y antes de volverse hacia los jinetes cada vez más cercanos, gritó.
—¡Sé fuerte!
Albérigo espoleó su caballo, debía cumplir su segunda misión; transportar aquellas carretas y su valioso cargamento sin caer en manos de los esbirros del Marqués hasta reencontrarse con el resto de la banda y su líder en el escondite de Zacatlán.

—¡Maldita sea, Fernán! —se quejó el Marqués a caballo frente a la puerta de la mansión— Todos han partido y sólo yo me he quedado a esperarte. Creo que es buen momento para sacarte de los cojones.
—Yo creo que es un buen momento para desmontar, don Fernando —respondió Rolando Edmundo, saliendo por la puerta principal de la casa, mientras empujaba a Fernán sin retirarle su espada de la yugular.

El hacendado sacó una de sus pistolas y, sin importarle el peligro que podía correr su hijo, intentó apuntarle al bandido. Rolando Edmundo, como si lo hubiera previsto, lanzó su washisaki y con el mango golpeó la frente del Marqués. Tronó un disparo.
—¡Atrás Inmundo, cede ante el Creador! —gimió Catarina en su visión, al ver venir la bala impulsada por los demonios de Bael. Con ágiles contorsiones de sus manos separó a los seres que la acompañaban y la desvió de su trayectoria original para evitar que tocara a Rolando Edmundo. Sin embargo, en ese momento no pudo observar que ésta había cobrado otra vida en virtud de su intervención. Antes de caer desmayada recitó el versículo: Confían en los carros, porque son numerosos y en los jinetes, porque son fuertes, sin mirar al Santo de Israel ni consultar al Señor. Pues Él también es hábil para traer desgracias y no ha revocado su palabra.
Fernán cayó al suelo con el holán de la camisa ensangrentado, atravesado por la bala que había desviado Catarina. Al oír el estallido junto a su oreja, el caballo del Marqués se encabritó y arrojó al piso al aturdido enemigo, que cayó entre un nubarrón de polvo.
Rolando Edmundo se paró frente al cuerpo tendido del Marqués, le tentó la barbilla con su hierro y le preguntó mientras éste reaccionaba:
—¿Dónde están los cuños?
Al unirse a los demás jinetes de la hacienda que galopaban hacia la barranca, Álvaro sintió un estremecimiento. Su padre aún no se integraba al combate y tampoco su hermano Fernán estaba con ellos. Giró su caballo y se dirigió a la casa principal.
—¿Hacia dónde se dirige vuesasted, ahora que vamos a dar batalla? —le preguntó el capataz quien también se había separado del grupo para seguirle.
El joven no respondió, sabía que era un secreto para todos la verdadera carga de las carretas, además de la presencia de los cuños reales en la hacienda, que le permitirían al Marqués fundir monedas de plata con la efigie del emperador.

Monedas de curso legal para su uso personal en la feria de Puebla y en el comercio ilegal con el Perú.
Lo que Álvaro no sospechaba era que su capataz, así como varios de los sirvientes de la casa, prestaba sus servicios como informante a Rolando Edmundo. Por eso quería evitar su regreso a la casa.

Traigan vasallos tributo al Temible: él deja sin aliento a los príncipes y es terrible para los reyes del orbe —recordó Catarina al incorporarse. Habían transcurrido unos instantes tras su maniobra salvadora y fue tal la intensidad del rapto que le fue imposible determinar todas las consecuencias. Por ello, se estremeció al encontrar, junto a su reclinatorio, el cuerpo abatido de un hombre con rizos dorados. Catarina vio el pecho empantanado en sangre, el rostro terso, algo femenino y unos ojos verdes, entreabiertos e iluminados por las veladoras del altar, que le reclamaban haberlos privado de vida.
Angustiada hasta el extremo, Catarina de rodillas se estiró para tomar una de las ramas de zarza que mantenía recostadas contra la pared. Sollozó y rogó en su lengua materna perdón por haber abusado de su poder. Con cada golpe del tallo espinoso sobre su espalda se hacía consciente de que nunca podría expiar un pecado tan grande. La saya de Catarina se fue desgarrando y su piel comenzó a sangrar pero ni de esta manera pudo borrar la visión del cadáver de Fernán.

Fuiste poderosa, Catarina, los poblanos se inclinaban ante ti, algunos pedían consejos, otros ayuda a tus fuerzas sobrenaturales. Nadie supo con certeza de dónde emanaban tus dones, sólo había que temerles o admirarles. ¿A quién podrías atribuir tus milagros?¿A las potencias de los cielos que obedecían a tus rezos y a tu rosario? O a los seres oscuros que tan bien sabías expulsar de los posesos. Milagros de la sugestión o frutos de la hechicería, todos sucumbimos ante ese poder, incluso el arzobispo virrey Juan de Palafox. Aquel gran hombre a quienes los jesuitas llamaron “tizón del infierno” y que como tú se quedó en el camino de la canonización. Todo es tan relativo ante la perspectiva que nos ofrece el tiempo, que ayer fuiste santa y luego bruja. Es el mismo tiempo que finalmente nos enterrará en el olvido.

—Por mi vida que no tendréis esos cuños —bramó el Marqués entre el polvo del patio de Veraguas.
—Eso puede arreglarse, don Fernando. Pero hoy ya ha corrido suficiente sangre —replicó Rolando Edmundo, quien no retiraba su katana del cuerpo tendido del Marqués.
Alberto Esteban cruzó el patio al galope en un caballo que había hurtado de las caballerizas y con la rienda de otro potro atada a su silla.
—Maestro, sólo encontré una de las dos partes, estaba donde dijo don Fernán.
—Por mi vida que no tendréis la otra, esos cuños son un presente del Virrey —bufó de nuevo el Marqués furibundo por haber sido traicionado por su propia sangre.
—Un presente mal habido. Fruto de extorsión, hasta donde sabemos —contestó Rolando Edmundo.— Ya hallaremos la forma de encontrar la que hace falta…

Tras una faena que dio mucho trabajo a Alberto Esteban, el Marqués se encontraba atado sobre el lomo del caballo frente a la casa. El muchacho le vigilaba mientras Rolando Edmundo había ido a revisar las habitaciones del hacendado. De no aparecer la parte faltante harían un cambio de planes: se llevarían al Marqués para pedir a su hijo Álvaro el resto del cuño como rescate. En la loma se escuchaban nuevos disparos, el tiempo para escapar con éxito se terminaba.
El galope cercano de un caballo llamó la atención de Alberto Esteban. El joven apretó los ojos para intentar descifrar la identidad del jinete. Se trataba del capataz que avanzaba con la escasa velocidad que le permitía su mula. Parecía querer comunicarle algo. Alberto Esteban no tuvo oportunidad de volverse cuando sintió una presencia a sus espaldas. Álvaro, con la guarnición de su sable, golpeó al escudero, quien cayó sin sentido. Gracias a la velocidad y sigilo de su caballo había llegado sin ser visto. Se aproximó a su padre y cortó las ataduras que lo aprisionaban. El Marqués haciendo gala de una agilidad que reñía con su abultada figura, se deslizó bajo el animal e ingresó a la casa en busca de un arma.
Álvaro aún sobre el caballo hizo varios giros para observar si encontraba a alguien más, estaba tan obsesionado con enfrentrar al resto de los bandidos que pasó por alto el cadáver de su hermano. En su afán, le fue imposible prever que del balcón del primer piso saltaría Rolando Edmundo para desmontarle.

No había aún señal de la casa, pensaba Oyan-mol al tiempo que veía que los arcabuceros que había dejado Albérigo estaban a punto de agotar su parque. Las instrucciones habían sido muy claras. Disparó varias flechas más para detener el avance de los caballos y, al observar que algunos hombres del Marqués desmontaban para ganar las faldas del cerro, se llevó su caracol ceremonial a la boca para dar la señal acordada.
Dos caracoles más respondieron en las cimas de las peñas que formaban la barranca, segundos después varias explosiones liberaron rocas y tierra en avalancha y se encargaron de taponar la garganta de la emboscada. Indios y hombres de razón se desperdigaron por la montaña mientras en el plano sus enemigos salían de los terrones caídos o tosían por la polvareda densa que los envolvía.

Llevaban casi una legua de ventaja cuando llegó a ellos el pavoroso estruendo de la detonación.
—Justo a tiempo —comentó Albérigo al conductor de la primera carreta. Un centenar de varas más adelante, en la bifurcación, dejaron un rastro falso hacia el puerto de la Vera Cruz con una de las carretas cargada con piedras y roca. En dos vehículos más repartieron los lingotes de plata y tomaron el rumbo noreste, borrando con mucho cuidado las huellas que los carretones dejaban sobre la calzada.

Al levantarse del suelo, Álvaro no dejaba de imprecar a Rolando Edmundo, quien se preparaba para embestirle con la mirada fija en su cuello. No hubo tanteo previo ni medición de fuerzas: Álvaro lanzó un mandoble vertical que fue esquivado por el chino, quien respondió con un tajo inmisericorde al tórax. La katana, contra todo pronóstico, no se hundió en el esternón ni despedazó el costillar hasta encontrar los pulmones del hijo del Marqués. Apenas rasgó su chaleco hasta el almilla y se quebró a la mitad. Rolando Edmundo, sorprendido, descubrió que el pedazo faltante del cuño real pendía del cuello de Álvaro.
Sin pestañear, el chino lanzó al joven el resto de la hoja metálica con el mango y, mientras Álvaro se agachaba para evitar el golpe, el forajido contuvo con su daga un avance del Marqués, quien había regresado de la casa e intentado atravesarle por la espalda.
Alberto Esteban despertó aturdido del golpe, justo a tiempo para ver cómo Alvaro, al verle inerme y aprovechando que su padre luchaba con ventaja, intentaba ensartarlo en el piso como a una lagartija. El muchacho empleó todos sus reflejos para evadir los ataques de Álvaro, rodó por el suelo buscando alejarse. Rolando Edmundo intentó ayudarle y, aun cortando con dificultad los avances del Marqués, sacó un par de shuriken de su faldón y las arrojó a las manos del atacante para desarmarle. Sólo pudo retrasarlo, pues se hallaba en una posición demasiado incómoda: una de las estrellas de metal rasgó con timidez el brazo de Álvaro, la otra rebotó en la cazoleta de su sable.
Un inesperado estallido se escuchó sobre el cerro y le siguió el fragor del derrumbe sobre el camino. Era la señal de que Oyan-Mol y sus hombres detendrían por pocos minutos a la gente del Marqués antes de emprender la huída. Esta vez, Alberto Esteban tomó ventaja de la distracción del enemigo y pudo desenfundar su espada.

Catarina volvió a entrar en trance. En medio de las tinieblas escuchaba una voz temible que recitaba: El homicida es reo de muerte. Toca al vengador de la sangre matar al homicida: cuando lo encuentre, lo matará. Del techo espectral que cubría su visión observó la sombra justiciera que habría de aparecerse en el final de los tiempos. Su alma apabullada por la culpa no podía erguirse como de costumbre ante las cortes celestiales. Catarina musitaba un salmo que consideraba su única medida de salvación: desde el cielo proclamas la sentencia: de miedo se paraliza la tierra. La cólera humana tendrá que reconocerte, los que sobrevivan al castigo te rodearán. Un rayo proveniente de lo alto sacudió a la vidente; Catarina cayó desmayada y sin esperanzas durante un tiempo que no supo medir. Poco antes de despertar, como en una visión desplegada dentro de otra, abrió los ojos en una caverna acompañada de un muchacho con el que aún no había cruzado palabra. La imagen la horrorizó, pues por su fugacidad no podía reconocer si se trataba de una imagen demoníaca o celestial.
Se incorporó y volvió a arrodillarse frente a su altar, para sumergirse de nuevo en las sulfúreas aguas de la culpa. Por ello, fue incapaz de intervenir cuando vio venir la estocada.

—La próxima te atravesará el corazón —repuso el Marqués. Rolando Edmundo se dolió de la pierna y volvió a echar mano de los artificios que cargaba en las telas de su chamelote. Esta vez un torinoko, pequeña cápsula de vidrio que empleaba para cegar al contrincante, estalló a los pies del Marqués envolviéndolo en una nube de humo. Tras varios saltos acrobáticos, el chino retomó los restos de su katana y se interpuso entre su escudero, a quien habían vuelto a desarmar, y el joven Álvaro. El vástago del Marqués se aprestaba para asestar el golpe de gracia a Alberto Esteban. En esta ocasión, su intervención fue mortal pues con la daga detuvo el avance del muchacho y con el filo restante de la katana que había recogido, cercenó con un tajo largo la garganta de Álvaro, alcanzando a desgarrar la cinta que sujetaba el ansiado cuño que pendía de su cuello.
—Pensé que estabas listo, pero por poco nos matas —reprimió Rolando Edmundo a Alberto Esteban mientras corrían para montar en los caballos.
La maniobra fue demasiado rápida para el Marqués, quien al surgir de la humareda que le envolvía contempló a los forajidos huyendo a todo galope. Con amargura, don Fernando de Cebrián, conocido por todos como el Marqués de la Flota, se arrodilló ante los cuerpos inertes de sus dos hijos y lanzó un alarido que aún retumba en los muros derruidos de aquella antigua hacienda.

Foto exterior Cowboy. Padams en flickr.com.

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